Manuel Vilas: “En la dimensión del dolor, muchas partes oscuras de la vida se iluminan”

Manuel Vilas: “En la dimensión del dolor, muchas partes oscuras de la vida se iluminan”

MADRID.— “Me estoy divorciando. ¿Su libro me curará o me causará más dolor?”, le preguntó una mujer después de la presentación de Islandia (Destino). Manuel Vilas (España, 1962), con el tono profesional de un farmacéutico, le brindó una respuesta fiel a un prospecto imaginario: “Usted empiece a leerla. Si ve que le hace bien, siga; si le hace daño, interrumpa el tratamiento”. Peregrino de la novela autobiográfica, Vilas regresa con Islandia, un libro nacido de un desgarro emocional: su divorcio. Después de once años de matrimonio, su esposa, la escritora Ana Merino, le comunica que ya no está enamorada de él. Así comienza la crónica de un duelo: “¿Cómo no supe verlo, la llegada de ese desmayo? Es la historia de mi vida: una historia de la ceguera. Dios me colmaba de dones y yo no veía ninguno. Dios me quita los dones para que pueda verlos. Me sonrío porque en mi última novela me declaré ateo e hice una defensa encendida del ateísmo. Lo mismo Dios leyó mi novela y dijo «se va enterar de si existo o no existo ese majadero, me voy a presentar en su vida con todas las de la ley, como un Armagedón, y se la voy a poner patas para arriba, le voy a quitar lo que más ama, le voy a robar a su mujer, porque solo si se la robo comprenderá el muy idiota la inmensidad de su amor»”.Vilas es el autor de Ordesa (2018), un suceso literario traducido a más de veinte lenguas, elegido libro del año por Babelia, el suplemento cultural del diario El País, y ganador del Premio Femina, concedido en Francia a la mejor novela extranjera. Vilas también publicó Alegría (2019), finalista del Premio Planeta; Los besos (2021), Nosotros (2023) y El mejor libro del mundo. Además de narrador es poeta y su obra lírica se encuentra compilada en Una sola vida (2022). Islandia propone un viaje interior por el laberinto del abandono que va de la melancolía hacia la luz, una odisea que ni el narrador ni el lector realizan solos: “Me he hecho experto en divorcios, porque lo que la novela provoca no es preguntar por el divorcio que se narra, sino hablar del divorcio que vive el lector”, dice Vilas a LA NACION. -“Y yo me vuelvo a casa, habiendo perdido su amor. Y escribo este libro”. Así termina Jack Kerouac su novela Los subterráneos. Este es, en cierto modo, el punto de partida de Islandia…-Soy fan acérrimo de Kerouac. He estado en su tumba. Me obsesiona En el camino. No tenía esta novela en la cabeza cuando escribí Islandia, pero si me hablas de Kerouac, aplaudo. Y sí, existe esa intención en la escritura de este libro. -“Mi amor es como es. No puedo describirlo y no suelo sentirlo”, dice el personaje de Erland Josephson al de Liv Ullman en Saraband, la película de Ingmar Bergman. ¿El narrador de Islandia describe sus sentimientos para poder comprender lo que ocurre? -Qué bien que lo señales. Uno de los títulos en los que pensé para la novela era Secretos de un matrimonio [adaptada al teatro como Escenas de la vida conyugal, la obra que Ricardo Darín interpreta desde hace una década], de Bergman. Fue uno de los títulos provisionales. Esta novela es plenamente autobiográfica; yo estaba en Sevilla, había ido a un club de lectura porque habían leído una de mis novelas. Se hizo de noche y Ana [en la novela aparece con el nombre Ada], mi exmujer, no me escribía. ¡Qué cosa rara! Notaba algo raro en esa ausencia de noticias. La llamé por teléfono y su voz ya no era la suya. Es increíble que, de repente, una persona con la que has convivido durante once años, tu mujer o tu marido, tenga una voz que no habías oído nunca durante todos esos años. Tras un pequeño rodeo, me dice que ya no estaba enamorada de mí. No puedo explicar la perplejidad. Esa fue una noche horrorosa. Al día siguiente, en el tren, saqué el ordenador y me puse a escribir. Es una novela escrita a pie de divorcio, conforme iban pasando las cosas; mientras iba avanzando nuestra ruptura, yo la iba escribiendo.-Ha pasado poco más de un año desde la ruptura. ¿Logró realizar el duelo por el divorcio? ¿Continúa el duelo? También, de modo recurrente, menciona “el olvido que seremos”, inspirado en el título de la novela de Héctor Abad Faciolince, y en un verso de Jorge Luis Borges. Aparece la idea de atesorar el momento y la emoción antes de que desaparezcan. -Ahora estoy en otro punto, no sé si llamarlo duelo. Sí, esa era la idea, como escribió Héctor Abad: rescatar aquel presente, por más doloroso que sea, mientras se va desgastando. Supe algo bien interesante mientras sentía ese desgarro: si no escribía esa novela simultáneamente con el divorcio, nunca podría escribirse, porque esos sentimientos iban a desaparecer. Quería guardar esos sentimientos provocados por la ruptura porque después ya no podría regresar, psicológicamente, al punto en el que empecé a escribir la novela. Si yo he amado a una persona, no quiero que esa persona se vaya de mi vida, porque mi vida pierde riqueza, honestidad, fuerza, vigor, maravilla e ilusión. Esta mañana he hablado con ella. Ahora ella está en Estados Unidos y hacemos videollamadas. Nos reímos más como amigos. Ella me dijo hace poco: “Tú, como marido, eras un desastre; en cambio, como amigo, eres maravilloso”.-La novela derrumba esa idea tan recurrente de que dos personas que se han amado no pueden conservar la amistad. ¿Es posible ser amigo de un ex?-La novela tiene un mensaje esperanzador. La escribí precisamente para demostrar esta idea, porque era una de las cosas que me alentaban mientras la escribía. He vivido la metamorfosis del amor de pareja al amor de la amistad. Esa es la razón del título: Islandia es un territorio simbólico en el que los protagonistas podrán hacer realidad esta transformación. Era una obsesión mía vital y literaria a la vez. Cuando has amado mucho a una persona y esa forma de amor ya no puede seguir, la obsesión es transformarla en otra forma de amor para que el amor no se pierda. Ana y yo vimos que podíamos ser los mejores amigos del mundo y que sería posible si los dos poníamos de nuestra parte, utilizando un poco la inteligencia emocional, sabiendo que nos habíamos querido mucho, porque nos quisimos muchísimo. -Más allá de lo mucho que el narrador sondea la intimidad de la relación, a veces con mucho filo, la figura de Ana/Ada está cuidada al punto de la veneración. Escribe sobre el abandono con el corazón sangrante, pero no desde el despecho, sino desde el amor. ¿Podría buscarse ahí la clave de la novela?-Sí. Al principio el narrador está enfadado porque le han puesto el mundo patas arriba y se siente a la intemperie. Luego va comprendiendo la grandeza, la honestidad. Esta novela me sirvió para encontrar una frase atávica y universal sobre la comunicación del desamor, con distintas variantes: “Ya no estoy enamorado de ti”. Esta es una frase que todo ser humano que pasa por esta vida va a decir o va a escuchar. Cuando el narrador la entiende, se da cuenta de algo muy importante: quien es capaz de decir esa frase es una persona honesta y valiente; las personas cobardes no la dicen.-“Una persona desesperada no puede leer a un autor desesperado”, reza Islandia. ¿Quería evitar que, en cierto modo, personas que atravesaron esta misma situación leyeran el libro en clave de autoayuda? -Tengo un anecdotario de experiencias con lectores. Me he hecho experto en divorcios porque lo que la novela provoca no es preguntar por el divorcio que se narra, sino hablar del divorcio que vive el lector. -Escribe: “Lo cierto es que nos quisimos con una fuerza universal y primitiva, y esa fuerza arrasa las convenciones literarias burguesas sobre lo que debe o no debe ser contado”. En la novela se alude al pudor como un vicio burgués. ¿Dudó antes de incluir alguna información?-En una novela autobiográfica saber qué se puede narrar y qué no forma parte de ese gran misterio al que hemos llamado intimidad, pero claro, una historia de amor es siempre la creación de una intimidad. Si tú quieres contar una historia de amor sin narrar la intimidad de esa historia, estás mintiendo, no es creíble. Lo que narré lo hice por respeto a la verdad, a la plenitud del entusiasmo en los primeros momentos y, luego, a la lealtad de saber que dos personas se habían encontrado en este mundo tan complejo y se habían amado.-Emmanuel Carrère tuvo un litigio muy arduo con su ex mujer, quien ganó la disputa legal, cuando escribió Yoga. Carrère debió reescribir el texto antes de su publicación. ¿Tuvo esa negociación con su exesposa? -Empecé a escribir la novela al día siguiente de que Ana me comunicara que no estaba enamorada de mí. Ella me dijo que continuara, que lo hiciera, porque, desde el punto de vista psicológico, veía que a mí me sentaba bien escribirla, que me concentraba, y el pesado que pedía una segunda oportunidad estaba ocupado en algo. Yo intentaba convencerla de que siguiéramos una temporada, y siempre le iba con los juegos y las lamentaciones. No entiendo cómo Carrère no pactó la novela con su ex mujer, porque si no se pacta, se causa un daño innecesario. Yo concebí la novela como una carta de agradecimiento a Ana porque he tenido la suerte, en esta vida, de haber estado casado con una mujer extraordinaria durante once años. En mi libro anterior me había declarado ateo, pero en este libro es como si notara la presencia de lo sobrenatural: la vida, el azar, Dios, lo que sea. Esa presencia te ha regalado en tu vida la de una mujer de bondad y generosidad extraordinarias. -¿Cuál fue la reacción de su exesposa al leer la novela? -Cuando terminé la novela le rogué que la leyera, pero ella no quiso hacerlo. Me dio permiso para publicarla porque confió en mí y en los editores. Me encuentro, muchas veces, calculando en qué año la leerá, porque es evidente que la acabará leyendo y, cuando lo haga, será otro gran momento de nuestra vida. -Islandia es una novela sin ficción, una novela autobiográfica, propia de lo que hoy se denomina “literaturas del yo”. ¿Qué dice del mundo contemporáneo que tantos autores aborden la literatura de este modo? -A los novelistas que utilizamos nuestra vida como inspiración para construir nuestras historias muchos críticos nos la tienen jurada. Siempre están arremetiendo contra nosotros; no sé por qué nos tienen tanta inquina. No cuento mi vida por exhibicionismo ni nada por el estilo; es un ofrecimiento al lector: “Esto me ha pasado. ¿Qué te ha pasado a ti? ¿Te pasa lo mismo?”. Ese es el pacto: ver si mi vida se parece a la tuya y si podemos encontrarnos en algo tan maravilloso como la fraternidad, y reconocernos como seres humanos que hemos vivido lo mismo. Creo que la literatura es una gran invención, una gran maravilla que los dioses nos han regalado. Además, las literaturas del yo son producto de sociedades con democracias sólidas. Contar tu vida en sociedades sin democracia o con una democracia débil es, automáticamente, ponerte a tiro de los demás, jugarte la vida, porque todo lo que dices puede ser utilizado en tu contra y, al mismo tiempo, puedes ser marginado socialmente. -¿Qué aprendió de sí mismo en este proceso, no solo del divorcio, sino también de la escritura que nace de este desgarro?-He sufrido muchísimo. Pensaba que ya había sufrido todo lo que me tocaba en esta vida, pero esto fue algo devastador. Este es mi segundo divorcio. Pensaba que a mis 64 años ya no me quedaban grandes sufrimientos y, de repente, me esperaba este. Quería muchísimo a mi mujer, estaba enamorado de ella y llevo intentando desde entonces encajar el golpe. Aprendí sobre la extensión del dolor y que, en sus dimensiones profundas y misteriosas, muchas partes oscuras de la vida se iluminan. -Es muy crítico con la política española: “España se hunde”, “España fue una falsedad moral”, “Todo cargo público en España es corrupción”, escribe en Islandia. Critica al oficialismo, al Ministro de Transporte (sin mencionarlo: [Óscar Puente]) y a la política en general. ¿Cómo analiza este escenario tan complejo de la España actual, con tantos escándalos de corrupción? -Esta es una novela de amor, pero todas mis novelas tienen una base sociopolítica, porque soy incapaz de narrar sin la realidad de la sociedad que acompaña la historia que cuento. Esta historia de amor ocurre en España, en un contexto político determinado. Vivimos una situación política endiablada, en la que la honestidad de nuestros políticos, algo tan básico, debería ser, más allá de los proyectos ideológicos de cada partido, un fundamento indiscutible. Cuando la honestidad brilla por su ausencia, ningún proyecto político tiene sentido. Hoy la política española está en los tribunales, lo que es preocupante, pues el ciudadano no asume ninguna responsabilidad política, y eso genera desafección. Moralmente, ya no estamos hablando de ideologías: si uno es de izquierda o de derecha, si uno es progresista o lo que sea, sino de honestidad y moralidad pública. -En La mejor novela del mundo fantasea con la idea de que todo español debería ser, al menos por una semana, Jefe de Estado. ¿Qué haría si tuviese esta responsabilidad? ¿Cuáles serían las principales medidas que implementarías? -Subiría el salario mínimo a 3000 euros (risas). Intentaría crear riqueza para que la gente pudiera leer libros, comprarlos y tuviera tiempo para leerlos, e intentaría que la belleza fuese también un valor político, que las personas tuvieran el derecho a la belleza y el acceso a ella. Manuel Vilas en Roma, en junio pasadoFranco Origlia - Getty Images EuropePoeta y narradorManuel Vilas (Barbastro, España, 1962) es en primer lugar poeta. Su obra lírica se ha compilado en Una sola vida (2022).Su obra narrativa inicia con España, a la que le siguen novelas como Aire nuestro y tres libros de relatos.Su novela Ordesa (2018), traducida a más de veinte lenguas, fue elegida libro del año por Babelia, el suplemento literario del diario El País, y ganó el Premio Femina, concedido en Francia a la mejor novela extranjera.Alegría (2019), traducida a varias lenguas, fue finalista del Premio Planeta. En 2021 publicó Los besos. Su novela Nosotros fue galardonada con el Premio Nadal de Novela 2023, y en 2024 publicó El mejor libro del mundo. Colabora con El País, La Vanguardia y la Cadena SER.Acaba de publicar Islandia (Destino), una novela de clave autobiográfica que narra la separación de un matrimonio tras once años de convivencia.

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