El día que odié a la Argentina

El día que odié a la Argentina

LA NACIONCulturaHay una superstición más estúpida que creer en la filantropía de un político o en las dietas milagro: pensar que Internet tiene memoria. Y no la tiene. Lo que tiene es rencor. La memoria exige antecedentes y cierto esfuerzo intelectual; el rencor sólo necesita una frase fuera de contexto y la mala fe, la ignorancia o la imbecilidad de quien interpreta. Así funciona el vertedero digital donde cuarenta años de artículos, entrevistas, libros y declaraciones desaparecen de golpe, borrados por un comentario de ciento cuarenta caracteres. Eso ocurrió con quien firma este artículo, a causa de la final del Mundial de fútbol entre España y Argentina: un mensaje en Twitter un día antes y un mensaje un día después.El comentario previo al partido fue el siguiente: “Deseo que gane España. Pero si hubiera que perder, prefiero que sea con los primos hermanos argentinos que ante Inglaterra. En familia las cosas son diferentes”. El comentario posterior, suscitado por el coro internacional de críticas que se alzó contra la selección argentina tras el partido, fue: “No seamos injustos, no nos equivoquemos. Con su zafio comportamiento, sucias maneras y mal perder, la selección que jugó contra España no representó a Argentina, que es mejor que eso. Representó sólo a la parte más violenta e irracional de cierta detestable sociedad argentina”. Podía haber añadido para ilustrar el comentario, pero no lo hice, un video –anterior al partido– que circulaba por las redes: un niño de seis años, con la bandera argentina pintada en la cara, animado por el periodista a decir algo a los españoles, afirmaba “Que se vayan a la mierda, que son unos hijos de puta” ante la sonrisa orgullosa del padre; y como premio, recibía un beso del reportero.Pero dejemos aparte al niño, al papá y al reportero besucón. Pocos argentinos agradecieron el primer mensaje, ni éste buscaba eso; pero con el segundo, miles de ellos descubrieron de pronto que yo había pasado media vida odiando a Argentina y ahora me quitaba la careta uniéndome a una conjura internacional. Una revelación extraordinaria –ahí están las hemerotecas y los archivos de televisión– sobre todo porque pasé media vida haciendo exactamente lo contrario. Y probaron, de nuevo, que es más fácil convertir una frase en un delito de lesa patria que dedicar cinco minutos a conocer la biografía de quien la escribió.El escritor español en su habitual encuentro con los lectores, a la hora de la firma de ejemplares, en la Feria del Libro de Buenos AiresAlejandro Guyot - LA NACIONLo pintoresco es que el mensaje que me convirtió en enemigo público empezaba pidiendo no confundir al país entero con el comportamiento –que a mí no me gustó, cada cual tiene sus gustos y disgustos– de unos futbolistas. O sea, que intenté que los dos millones y medio de seguidores que tengo en Twitter no confundieran a toda la Argentina con once, o los que fueran, jugadores de su selección. Pero como saben los veteranos de las redes sociales, pedir que lean lo que escribes y no lo que dicen que has escrito es pedir que el niño de la banderita en la cara y el que se vayan a la mierda recite ante el micrófono un poema de Borges. Señalas un árbol, dices que crece torcido, y miles de repentinos expertos forestales gritan que le acabas de declarar la guerra al bosque.La situación resulta más absurda, o extravagante, porque ningún español ha hablado con tanto amor y entusiasmo de la Argentina como yo desde que, en 1982, cubrí –viviendo varios meses en Buenos Aires, con un brevísimo viaje al teatro de operaciones– la guerra de Malvinas. Desde entonces he recorrido el país, elogiado su cine, su teatro, su literatura, su cálida hospitalidad y esa admirable tradición de tratar a Borges, Bioy Casares o Cortázar –pese a los golpes que desde hace décadas asestan sus gobernantes a la cultura– con una hondura que envidiarían muchas universidades de este lado del Atlántico, mientras en España el gran debate intelectual consiste en decidir si una influencer se ha operado las tetas. Pero eso dejó de existir con las 43 palabras de un tuiteo, o con el resumen sesgado que de ellas se hizo. Cuarenta años de artículos, declaraciones y comentarios pesaron menos que un dicen que ha dicho, y se cumplió el siniestro protocolo de las redes sociales: la trayectoria, la biografía, no importan. Lo que cuenta es disponer de algo inflamable que caliente a la turba.Entonces comenzó el ritual acostumbrado. Como discutir el fondo del mensaje era complicado, había que desacreditar al autor. De pronto aparecieron miles de especialistas en Pérez-Reverte que jamás habían leído un libro ni un artículo mío, ni visto mis reportajes de televisión. Unos señalaron la deleznable calidad de las novelas –“Buenas para encender el fuego de un asado” es mi frase favorita– y otros cuestionaron mis años como reportero de guerra. La sucesión de adjetivos fue espectacular, y como además de pertenecer a la Real Academia Española soy miembro de la Academia Porteña del Lunfardo por la novela El tango de la Guardia Vieja, eso me permitió interpretar –y disfrutar, pues trabajo con palabras– una serie de insultos que anoté cuidadosamente: boludo, gil, salame, pelotudo, tarado, forro, sorete, bolacero, careta, fantasma, chorro, garca, chanta, cagón, hijo de puta y la concha de mi madre.El medio centenar de viajes que hice a la Argentina nunca fue a un país extranjero, sino a mi propia casa. ”Tampoco faltaron políticos y periodistas de los que nunca desaprovechan la ocasión de convertir una gilipollez en epopeya patriótica. Varios de ellos se envolvieron en la bandera nacional, porque fútbol, política y cierto periodismo bastardo mantienen, en la Argentina y fuera de ella, un ménage a trois donde el sentido común acaba triturado por las barras bravas, los votos y la audiencia. Sin embargo, el asunto es simple: yo no ataqué a la Argentina; hablé de unos futbolistas, señalando que ciertas actitudes no representaban al país. Y lo singular es que, para mi estupor, buena parte del país afirmó que sí se sentía representado por ellos. Incluso, supongo, por el niño de la banderita pintada en la cara.Pero lo más revelador no fue la bronca futbolística, sino hasta qué punto las redes sociales sustituyen pensamiento por sentimiento. Hoy las emociones relevan a la razón. Pocos leen de verdad; lo que hacen es buscar pretextos para aplaudir u ofenderse. La indignación exige menos esfuerzo que pensar y concede una superioridad moral que complace a quienes confunden activismo y compromiso con insultar desde el sofá mientras sostienen el móvil en una mano y el ego en la otra.Lo que en este disparate argento más me entristeció no fueron los insultos, sino los mensajes de algunos lectores –lectores auténticos– de mis novelas y artículos, cuya lealtad creía probada y que sin embargo se dijeron ofendidos aunque conocen mis novelas, opiniones y trayectoria; amigos que me han escuchado en la Feria del Libro y en las televisiones argentinas, testigos de mi afecto y respeto, del cariño con que siempre hablé de un país que admiro en lo que tiene de admirable y al que siempre critiqué a cara descubierta y sin miedo a las consecuencias –lo hice allí mismo, nunca fuera de él–, en lo que tiene de criticable: el desprecio de los intelectuales argentinos a Osvaldo Soriano, la indiferencia y el maltrato hacia quienes combatieron en Malvinas y tantas otras cosas manifestadas durante décadas. Pues, como dije muchas veces, el medio centenar de viajes que hice a la Argentina nunca fue a un país extranjero, sino a mi propia casa. A visitar a mis primos y mis hermanos.Por fortuna, en estos días también aparecieron muchos argentinos que hicieron algo insólito: leer el mensaje y comprenderlo. Algunos señalaron que una crítica no es una condena nacional; otros recordaron los elogios que durante cuarenta años dediqué a su país: las librerías, la altura intelectual y cultural, mis desayunos en la Biela, mi afecto por Soriano, Horacio Ferrer y el negro Fontanarrosa, mi hermandad inquebrantable con Jorge Fernández Díaz, mis comidas en Los Inmortales, mi añoranza por la vieja Munich, mi lealtad a los lectores cada año en La Rural…. Otros, incluso en desacuerdo conmigo, comprendieron algo sencillo pero incompatible con el fanatismo y la estupidez: criticar un acto puntual de una selección de fútbol no es despreciar a un país ni a quienes lo habitan. Esa costumbre llamada conversación, donde dos personas pueden disentir sin buscar el exterminio del contrario, parece hoy un resto arqueológico digno de exponerse en un museo junto a los sables de caballería, las cintas VHS y la educación. Porque en realidad la polémica nunca trató sobre Argentina, ni España, ni siquiera sobre fútbol; trató de cuando una sociedad enferma de culpas y extraños complejos decide que una captura de pantalla vale más que una biografía, que un tuit pesa más que cuarenta libros y miles de artículos publicados. Y, bueno. Dentro de unos meses nadie recordará aquella final ni aquellos mensajes: habrá otros linchamientos y otra multitud furiosa creyendo defender a su patria mientras aporrea un teclado con la misma destreza intelectual de un bruto golpeando un tambor. O como el niño de la banderita. Pero ésa no es la Argentina que amé siempre; ni la que, a pesar de ella misma, todavía amo.Por Arturo Pérez-Reverte

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