Pasar por sus puertas de vidrio es como viajar en el tiempo. Esa es la sensación que uno tiene cuando ingresa al Palacio Barolo, ese icónico edificio del microcentro porteño sobre la Avenida de Mayo que, por un momento, hace que el ruido y el movimiento de la Buenos Aires del 2026 queden atrás. Los pisos, los techos, los antiguos ascensores y cada detalle de su arquitectura parecen conservar algo de aquella ciudad de principios del siglo XX. Es casi inevitable imaginar hombres de traje y sombrero, mujeres con polleras largas, bastones, maletines y el ir y venir de quienes recorrían sus pasillos hace 100 años. Es más, hay algo que tienen los edificios icónicos porteños, una mezcla de nostalgia, elegancia misterio y ese no se qué difícil de explicar, en los que no hace falta que se conviertan en museos para transportar a otra época: alcanza con entrar. Y el Barolo, inaugurado en 1923, es uno de los mejores ejemplos. Referente de la arquitectura ecléctica latinoamericana, con características del Neogótico y el Art Nouveau que conviven con modernas técnicas de construcción y hasta reminiscencias de la arquitectura de la India.Con 100 metros de altura, el Palacio Barolo fue diseñado por Mario Palanti e inspirado en La Divina Comedia, de Dante AlighieriEl edificio fue concebido originalmente para albergar oficinas, una función que conserva más de un siglo despuésDetrás de su fachada monumental todavía funciona aquello para lo que fue pensado originalmente, ser un edificio de oficinas. Solo que hoy, entre quienes llegan a trabajar, también circulan turistas que buscan descubrir los secretos de una construcción inspirada en La Divina Comedia, de Dante Alighieri.Pero no siempre fue así, hubo una época en la que los turistas se detenían sobre la Avenida de Mayo, levantaban la mirada para contemplar sus 100 metros de altura y seguían de largo. Hasta que, en 2004, un joven estudiante de Medicina tuvo una idea que terminaría cambiando su historia.Miqueas Thärigen había llegado desde Mar del Plata para estudiar en la Universidad de Buenos Aires. En ese momento trabajaba como cadete en el Barolo, gracias a su tío que era el administrador del edificio, pero a Miqueas no le alcanzaba para pagar el alquiler. Un día, mientras observaba a los turistas que se detenían frente a la fachada, se hizo una pregunta: “¿Qué pasa si subimos gente al faro para conocer el edificio?”. Unos 22 años después, el emprendimiento con el que participa junto a su hermano Tomás, recibe miles de visitantes y reduce las expensas del consorcio.Los hermanos Miqueas y Tomás Thärigen llevan más de dos décadas desarrollando actividades turísticas y culturales dentro del Palacio BaroloROGELIO FARAHUn vínculo que nace con una historia familiar de más de un sigloLa historia de los hermanos Thärigen con el Palacio Barolo, sin embargo, empezó mucho antes. Su bisabuelo, Carlos Jorio, fue uno de los primeros en instalar su estudio contable en el edificio, en la década de 1920. “Mi bisabuelo tenía su escritorio acá desde 1926. Después mi tío empezó a administrar el Palacio y nosotros, desde chicos, estuvimos vinculados con el edificio”, recuerda Miqueas sentado en el rooftop del lugar, más de 100 años después.Incluso, mucho antes de que las visitas guiadas se convirtieran en un negocio, su bisabuelo ya imaginaba el potencial turístico del lugar. “Una persona que trabajaba en un kiosco de la planta baja nos contó que él siempre decía: ‘Acá tendría que haber turistas y tendrían que subir constantemente’”, cuenta. Los pisos, los techos, los antiguos ascensores y cada detalle de su arquitectura parecen conservar algo de aquella ciudad de principios del siglo XXCritian EtchebarneLas primeras visitas comenzaron a hacerse los lunes y jueves, porque los demás días Miqueas cursaba, entre las 14 y las 18, con salidas cada hora y una estrategia de difusión bastante distinta de la actual. “Muchas veces salía personalmente a repartir folletos en la calle para invitar a la gente a conocer el edificio. También mandaba mails a las agencias de turismo, porque en 2004 no había todas las herramientas que tenemos hoy”, explica.“Sentimos que recibimos por parte de nuestra familia un espacio para explotar y que es nuestra responsabilidad conservarlo, mantenerlo y difundirlo para que futuras generaciones lo sigan disfrutando”, reflexiona Tomás.La oficina es una copia de la de su bisabuelo Empezar por el infierno, pasar por el purgatorio y llegar al paraísoDesde un principio, la intención fue que quienes ingresaran al Barolo no se limitaran a subir hasta el faro, sacar una fotografía de Buenos Aires y retirarse. Los hermanos querían que la experiencia comenzara desde la planta baja y que cada rincón del edificio sirviera para contar una parte de su historia.“Nosotros queremos contar todo desde la arquitectura y que la gente se vaya diciendo que le encantó la historia, que pudo empatizar con el dueño y con el arquitecto”, agrega Tomás. Diseñado por el arquitecto italiano Mario Palanti a pedido del empresario textil Luigi Barolo, comenzó a construirse en 1919 y fue inaugurado el 7 de julio de 1923. Con sus 100 metros de altura, que representan los 100 cantos de La Divina Comedia, propone un recorrido simbólico por el Infierno, el Purgatorio y el Paraíso de Dante Alighieri.El Palacio Barolo en el siglo XXEl arquitecto italiano Mario PalantiLa planta baja representa el Infierno, con figuras, inscripciones en latín y referencias a los personajes de la obra literaria. A medida que se asciende, la arquitectura acompaña ese viaje hasta llegar al faro, que simboliza el Paraíso y desde donde se obtiene una de las vistas panorámicas más especiales del centro porteño.“Habíamos heredado un par de sombreros de nuestro bisabuelo, entonces empezamos a guiar usando sombrero. Después dijimos: ‘¿Qué te parece si nos vestimos más de época? Camisa blanca, tiradores’”, recuerda Miqueas.Así nació una de las características más reconocibles de las visitas guiadas: los guías vestidos como si todavía estuvieran en la Buenos Aires de principios del siglo pasado, acompañando a los turistas por los antiguos ascensores y pasillos del edificio.“Nosotros no queríamos competir con la vista, que es impresionante. Queríamos que la gente no solo viniera por eso, sino que se llevara lo que fue la Argentina, el Barolo arquitectónicamente y la mentalidad de Barolo y Palanti al elegir Buenos Aires para hacer este edificio”, explica.Las visitas guiadas reciben alrededor de 4200 personas por mes y se realizan todos los días del añoRamon AlfanoConservar un edificio de estas características no es sencillo y mucho menos baratoRamon AlfanoHoy, el Palacio Barolo recibe alrededor de 4200 personas por mes a través de sus visitas guiadas, que se realizan durante todo el año, con recorridos diurnos, nocturnos y experiencias especiales. Las propuestas duran aproximadamente entre una hora y media y dos horas e incluyen una oficina ambientada como en la década de 1920, idéntica a la que usaba su bisabuelo, y el acceso al emblemático faro.Un negocios que ayuda a mantener un edificio de más de un sigloPero detrás de la experiencia turística también existe una historia económica e inmobiliaria particular porque el Barolo es un inmueble privado, con propietarios, oficinas, una administración y un consorcio que debe afrontar los gastos de mantenimiento de una construcción centenaria.Conservar un edificio de estas características no es sencillo y mucho menos barato. Originalmente, el edificio contaba con unas 400 oficinas, pero actualmente, según explican los hermanos, tiene alrededor de 300 unidades y entre 60 y 70 propietarios. “No existe una máquina que te haga las puertas curvas que tiene este edificio. Todo pasa a ser muy artesanal, especializado, y con el paso de los años el mantenimiento se vuelve cada vez más complejo”, explica Tomás. Incluso los ascensores conservaron durante décadas buena parte de sus mecanismos originales y, cuando alguna pieza se rompía, debía fabricarse especialmente.En ese contexto, el crecimiento de las visitas guiadas terminó convirtiéndose en una fuente clave de ingresos para el consorcio. Según los hermanos, el aporte económico de la actividad permite reducir las expensas del edificio aproximadamente un 40%, aunque el porcentaje varía de acuerdo con los ingresos de cada período.Desde el faro del Palacio Barolo se obtiene una de las vistas panorámicas más particulares del centro porteñoMaximiliano BuonoDesde los primeros recorridos, Miqueas y Tomás tuvieron que negociar con los propietarios para conseguir las autorizaciones necesarias y garantizar la convivencia entre quienes trabajan en las oficinas y los turistas. Y durante mucho tiempo, los permisos debían renovarse año tras año. Con el crecimiento de la actividad y la consolidación de su aporte económico al edificio, consiguieron primero una concesión por tres años y luego otra por cinco, vigente hasta 2027.“Todo lo que conoce la gente sobre el Barolo genera más interés en alquilar una oficina acá y tener su despacho, porque no es cualquier lugar”, sostiene Miqueas.El faro representa el Paraíso dentro del recorrido arquitectónico inspirado en la obra de DanteEl rooftop que estuvo esperando 100 añosEl siguiente gran paso en la historia de los hermanos llegó cuando decidieron incorporar un bar en el rooftop del edificio. La idea se les ocurrió al ver que en las visitas a los turistas les encantaba terminar los recorridos tomando una copa de vino mientras contemplaban Buenos Aires desde las alturas. “Y ahí nos dimos cuenta de que al Barolo le faltaba algo gastronómico”, cuenta Miqueas.Y esa oportunidad llegó cuando una de las propietarias les ofreció comprar un espacio con dos terrazas. Se trataba de una superficie que había tenido distintos usos a lo largo de su historia: empezó siento un taller de costura, hasta convertirse en oficinas de publicidad y negocios vinculados con la ropa de tango.Los hermanos compraron la propiedad en 2015, pero como se encontraba alquilada recién pudieron tomar posesión en 2017. Fue entonces cuando comenzaron a estudiar las reformas necesarias para transformarla en un espacio gastronómico y se encontraron con una sorpresa: en los planos originales de Mario Palanti, elaborados en 1919, ya figuraban un salón restaurante y una terraza gastronómica. Es decir, el arquitecto había imaginado un rooftop para el edificio un siglo antes de que esa propuesta se convirtiera en una tendencia en Buenos Aires.“Miramos el plano y decía ‘Salón restaurant’, ‘Azotea restaurant’. Palanti lo había pensado desde el principio, pero nunca se pudo concluir”, relata Miqueas. Así nació el Salón 1923, que abrió sus puertas en 2019 y lleva el nombre del año de inauguración del palacio.“Sentimos que le cumplimos el sueño a Palanti. Él había pensado este espacio hace 100 años y nosotros pudimos concretarlo”, cuenta Miqueas.Hoy, el rooftop recupera esa estética de los años 20 a través de su ambientación Art Déco, sus muebles y detalles decorativos, combinados con dos terrazas desde donde se puede observar una parte de Buenos Aires que parece haber quedado detenida en el tiempo. Y, hasta los mozos del lugar están vestidos de época, para no perder la costumbre. Por Candela Contreras
Miqueas Thärigen, el “guardián” del Barolo: empezó como cadete y creó un negocio que ayuda a mantener uno de los edificios porteños más icónicos
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