Pasaron 25 años desde que Lisandro Alonso estrenó una película misteriosa y sencilla llamada La libertad. Un día en la vida de un hachero no parecía conllevar un interés universal. El estreno en Cannes en el 2001 fue el inicio de un camino para el cineasta argentino y asimismo la inauguración de una estética que tuvo imitadores en muchos lados. Los remedos de La libertad fueron muchos, pero la sensibilidad de Alonso no era del todo imitable. No bastaba con repetir una economía de la palabra y elegir algún espacio rural alejado de la vida ciudadana. La desolación que definía a esa película y a las que siguieron hasta Jauja no podían ser calcadas por repetir el tiempo de los planos y encontrar a un personaje magnético que, desprovisto de palabras, transmitía algo con su sola presencia.Jauja fue una película bisagra, en la que el cineasta trastocó el sistema inicial de sus películas: el espacio y la soledad del personaje ya no eran constitutivos de los relatos minimalistas del primer período. En aquel film, las novedades fueron numerosas: había un actor profesional, nada menos que una estrella de Hollywood; se trataba de una película de época y se efectuaba una incursión admirable en lo fantástico. Eureka fue todo eso y un poco más. Viggo Mortensen ya no era un militar danés en busca de su hija en la Patagonia del siglo XIX, ahora interpretaba a un cowboy, mientras que Chiara Mastroianni podía estar en un momento protagonizando un western y, a través de un pase mágico, visitar una reserva india en Estados Unidos en el marco de un subrelato muy cercano a los primeros del realizador. Con La libertad doble, Alonso inicia una terca fase. Es un regreso dialéctico: ya nada es igual. Vuelve al nido, pero este puede estar usurpado por víboras.Como en aquella primera película, Misael Saavedra está frente al fuego desayunando y preparándose para una nueva jornada. La cámara evidencia lo esperable: el tiempo ha pasado para él. Hay nuevas cicatrices, el cuerpo está envejecido, aunque no ha perdido su vigor. También se constata que el noble hachero sigue viviendo en soledad.El primer acto evoca aquella película original. Pero algo cambia radicalmente en el segundo movimiento de la película: la hermana de Misael, que ha pasado su vida en un hospital debido a un desorden psíquico, ya no podrá residir en esa institución. Los ajustes de las políticas económicas de destrucción en curso repercuten mayormente fuera del alcance del censo y de la mirada periodística. En un paraje olvidado, Misael tendrá que hacerse cargo de su hermana.La libertad doble es la película más política del realizador. Ni hace falta aclarar el motivo. Toda la secuencia en el hospital, cuando Misael debe buscar a su hermana, es una proeza. Alonso filma la degradación en sí, el fin de un mundo en el que aún existían una idea de comunidad y un principio de solidaridad. Pero también deja en firme que los sobrevivientes de una hecatombe política pueden hacer frente a la barbarie aferrándose a virtudes ahora desdeñadas. La libertad puede ser también responder ante los otros y asumir responsabilidades por afecto. Frente al estado de cosas, el sálvese quien pueda es cosa de canallas.–Después de Jauja y Eureka, dos películas que habían marcado un doble cambio, tanto en el modelo de producción como en su ambición narrativa, ha regresado al punto de partida de su cine: un territorio bien delimitado y muy conocido, un personaje familiar y una condición que hoy habilita confusas resonancias: la libertad. ¿Qué lo llevó a retornar al mundo de Misael?–Después de intentar realizar y hacer efectivas dos propuestas que estaban lejos de mi zona, del lugar en el que había hecho mis primeras películas, Jauja, por un lado, y más aún Eureka, donde filmamos en cuatro países y con cinco productoras internacionales y cuatro equipos técnicos diferentes (y en pleno COVID y sus protocolos), necesitaba otra cosa. Esa forma de trabajo afectaba a los actores y a todos. Después del estreno de Eureka en Cannes, le dije a Ilse Hughan, mi productora holandesa, que habíamos culminado una etapa. Fue ella la que sugirió volver a filmar como lo hacíamos antes. Menos permisos, mails, protocolos, constricciones. De inmediato, pensé en Misael Saavedra y lo que había sido La libertad en mi vida. En un primer momento, consideré que no era adecuado. Pero, debido a lo que estaba sucediendo en Argentina y al empleo de la palabra “libertad” y el sentido que se le daba ahora, tal vez era una buena idea. ¿Avanza, retrocede?–Es un contexto hostil. ¿Cómo lo ve?–Justamente, al pensar sobre cómo las decisiones del gobierno de turno podían afectar no tanto al campo del cine, sino a la vida de muchas personas que ya estaban fuera del sistema por distintas variables, pensé en hacer la película. Personas como Misael piden poco o nada al Estado o al gobierno que esté a cargo. Pero quienes gobiernan no pueden desentenderse. En este contexto, me pareció oportuno preguntarme sobre qué podía haber pasado con el personaje de Misael, a quien habíamos filmado 25 años atrás. Tenía ganas de volver a ver a Misael, darle un abrazo, filmar con él y en un espacio en el que me siento local, con poca gente en el equipo de rodaje, no más de ocho personas, sin idiomas desconocidos y con la misma estructura financiera de producción. Me resultaba significativo intentar filmar ahora, porque se debe filmar y poner el cuerpo donde uno se sienta audaz.–¿Cómo fue filmar al mismo personaje después de 25 años?–Fue increíble tenerlo frente a cámara 25 años después. En un primer momento, Misael creyó que se trataba de una broma de mal gusto. Dudaba del sentido de volver a filmar. Su vida era otra: ya no vivía en el rancho de entonces ni trabajaba de hachero. En el presente, él vive en Zapala porque, después de La libertad, con los pesos que juntó, Misael regresó a esa ciudad para vivir con su madre y su pareja. Construyó una casa y trabaja en todo lo que puede. Revisitar el mismo territorio que para él fue familiar lo enfrentó a inquietudes y dudas que tal vez no eran de su agrado. No se puede omitir que Misael trabajó en un monte desde que tenía 10 años. Yo lo filmé cuando tenía 28. Intuyo que volver a ese lugar no es justamente volver a un territorio de recuerdos amables. La vida en aquel tiempo fue muy dura para él.–¿Cómo fue el reencuentro?–Nos encontramos con él dos meses antes del comienzo del rodaje. Filmamos en el mismo lugar en el que habíamos puesto la carpa 25 años atrás. El rancho ahora lucía mejorado. Es parte del relato: se ha instalado ahí, pasa su vida en ese lugar y, por eso, se ve menos precario donde habita. Se adaptó velozmente.–¿Le sorprendió?–Sí. A diferencia de La libertad, en la que se interpretaba a sí mismo y, por esa razón, sabía exactamente cómo golpear con su hacha o cortar con la motosierra y cómo moverse en el espacio, en esta ocasión tenía que relacionarse con una actriz profesional. Es decir, tenía que reaccionar a los estímulos que vendrían de la otra protagonista, y esto nunca es sencillo para ningún actor. Ellos habían decidido no hablar mucho antes de filmar, más allá de las comidas que compartíamos todos los días con el equipo completo. Misael se sentía seguro. Nada parecía incomodarlo. Y, cuando se trata de escenas de interacción, como las que tiene en el hospital, donde hay varios intérpretes y textos nuevos, lo resolvió como cuando quita la corteza de un árbol. También fue capaz de expresar la desazón, la incertidumbre, la nostalgia, la tristeza que definen el desenlace de La libertad doble, que es un logro dramático de él. Es que entendió qué estaba haciendo y cómo debía interpretarlo. Quisiera seguir filmando con él. Es un placer inmenso tenerlo al lado. Aprendo de él, como también aprenden quienes me acompañaron en el rodaje.Trasfondo político–¿Por qué decidió introducir una variable ostensiblemente política?–La relación con las políticas del gobierno de turno es evidente. El desmantelamiento de centros de salud, lo que ha sucedido con las ayudas a los discapacitados, que son los más débiles, y lo que implica esto para los parientes es evidente. Salvando las distancias, porque lo que sucede con el personaje de Misael y su hermana no es siquiera comparable, yo he visto de cerca lo que pasa en estos casos debido a que tengo un familiar cercano que fue afectado por estas medidas. Yo tengo cómo responder, pero lo que intenté hacer en la película fue transferir lo que yo sentía por alguien de mi familia a lo que podría vivir en un caso así un hombre como Misael. Quería entender cómo haría él para cuidar a su hermana. Temas “menores”, pero decisivos: el suministro de la medicación, por ejemplo. ¿Qué puede pasarle a un hombre que vive con poco y solo?–Que el apellido de los dos intérpretes sea el mismo es una coincidencia feliz. ¿Cómo llegó a Catalina Saavedra? Es una actriz muy dúctil del cine chileno contemporáneo.–A Catalina la descubrí en La nana. Su interpretación era magnífica. Los gestos y la expresión de sus ojos me daban curiosidad sobre su modo de desempeñarse como actriz. Es una actriz veloz, gestual e inquieta. Después me interesé por otras de sus películas, pero el hecho de que tenga el mismo apellido que Misael me daba mayor entusiasmo por conocerla, porque sabía que fuera de Chile, donde Catalina es muy conocida, al leerse los apellidos de los dos en los créditos, se iba a pensar que eran hermanos de verdad. Esto incide un poco en la forma en la que el público conecta con los personajes. ¿Son hermanos en la vida real? Todo se vuelve más verosímil, y solamente por la coincidencia de compartir un apellido. Cuando los presenté, un poco antes, me dijo que entendía muy bien cómo trabajaba Misael como actor y añadió que no necesitaba saber mucho más. De inmediato asumió un vínculo con él desde el personaje: extrañeza y distancia. Me dijo que Misael iba a comprender esto y que me quedara tranquilo, que no lo iba a maltratar ni a destratar. Así pudo establecer una relación distante; entendía que la interacción en el cuadro, en el momento de la filmación, iba a mejorar lo que hiciéramos. A veces, Misael no sabía si Catalina ya estaba haciendo de Micaela o no, y eso sumó algo vital.*La libertad doble tendrá una función el 7 de noviembre en el Gaumont y luego den febrero en la Sala Lugones. PC
Lisandro Alonso y el regreso a sus orígenes con "La libertad doble": "Necesitaba volver a filmar como antes"
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