Las variadas formas de la libertad

Las variadas formas de la libertad

Mientras los pensadores de la política se esmeran por desentrañarla mediante conceptos inteligibles, la realidad se empecina en desafiarlos con sus intrincados matices. Uno de esos controvertidos casos es el de la mítica Revolución húngara de 1956, que cumple setenta años y continúa replanteando el sentido de aquella legendaria gesta por la libertad.La estrategia de Stalin apoyada por un cauteloso Roosevelt contra el audaz pero visionario plan de Churchill para derrotar a los nazis desde el centro del continente, permitió que los rusos llegaran primero al corazón de Europa y erigieran allí la funesta “Cortina de Hierro” que signó el destino del mundo e instauró durante medio siglo la “Guerra Fría” y el férreo dominio soviético sobre países como Hungría bajo gobiernos-títere de Moscú, con la anuencia inicial de quienes creyeron en las buenas intenciones de sus “libertadores”.Sin embargo, el régimen prosoviético de la República Popular de Hungría fue sometiendo al orgulloso pueblo húngaro a una asfixia intolerable, hasta que el 23 de octubre de 1956, masas de jóvenes intelectuales, estudiantes, obreros y campesinos –socialistas, católicos, liberales y comunistas- desalojaron valientemente de Budapest al poderoso Ejército Rojo, proclamando la independencia de la URSS, el retiro de sus tropas, la democracia plural, la libertad de opinión, el fin de la censura y del terror policial, el derecho de huelga, la restitución de los tradicionales símbolos patrios y el retiro de Hungría del Pacto de Varsovia.Durante escasos e ilusionados días, aquellos jóvenes idealistas tomaron el control de casi todo el país, ejecutaron a los cabecillas de la policía secreta, se armaron como pudieron, reorganizaron la administración mediante comités populares y un gabinete multipartidario con figuras como el célebre pensador marxista György Lukács, liberaron a disidentes, impusieron una libertad absoluta y acabaron con los símbolos soviéticos, como la monumental estatua de Stalin. Todo ocurrió aprovechando las vacilaciones de un Kremlin “renovado” tras el deceso de Stalin, la “desestalinización” de Kruschev y las ambigüedades de ciertas autoridades húngaras comunistas que especulaban con la fluidez de los acontecimientos.Mientras la URSS los condenaba como contrarrevolucionarios fascistas y reaccionarios de derecha, cundía la admiración hacia una revolución soñada por el imaginario de Occidente. La tradicional bandera húngara perforada sin los símbolos comunistas y las románticas imágenes de jóvenes luchadores contra la opresión, marchando con ametralladoras, sonrientes, tomados de los brazos y cantando a la libertad, daban la vuelta y despertaban la simpatía del orbe desde la dialéctica blanco-negro de la Guerra Fría, que hasta contó con el apoyo de un Elvis Presley consagrado ese año cómo “Rey del Rock and Roll” y que al año siguiente promovió una masiva ayuda humanitaria para los refugiados.Winston Churchill le entrega a Josef Stalin la "Espada de Stalingrado", un arma realizada por orden del rey británico Jorge VI para entregar al líder soviético en reconocimiento por la valentía del Ejército Rojo ante los alemanes en la batalla de stalingradoTop WarEn la Argentina la revolución suscitó amplia atención y aliento público, con una vasta cobertura mediática –especialmente de La Nación-, vibrantes reacciones de políticos e intelectuales, tanto liberales que asociaban el totalitarismo de la URSS con el peronismo, izquierdistas atribulados por los clásicos dilemas marxistas o nacionalistas que apoyaban la causa húngara, además del impacto por el arribo de numerosos refugiados húngaros. Es decir que el heterogéneo mundo extrasoviético se apropiaba, al gusto de cada uno, de la revolución y del sentido conceptual de la libertad que ella perseguía.Con el correr de los días, los revolucionarios advirtieron que estaban quedando atrapados en una dialéctica insoluble entre los alentadores pero inconsecuentes mensajes de la Radio Free Europe y de la opinión pública del “mundo libre”, pero desamparados por la inacción de las potencias occidentales, que juzgaban una operación militar allí geoestratégicamente impracticable, políticamente imprudente en el mundo acordado en Yalta, e inoportuna por el predominio de la crisis del Canal de Suez entre Egipto, apoyada por la URSS, e Israel, secundada por Gran Bretaña y Francia, que halló a Occidente distraído, dividido y vacilante.Apenas dieciocho días después de iniciada la sublevación, el 4 de noviembre, Budapest padeció una abrumadora invasión de tanques soviéticos denominada “Operación Torbellino”, que en pocos días de intensos pero desiguales combates entre blindados y profesionales contra jóvenes mal armados y desorganizados, aplastó la insurrección, pereciendo más de 2.500 húngaros y 722 soldados soviéticos y causando el exilio de 200.000 refugiados.Se reimplantó el régimen soviético en una versión más “blanda” y astuta apodada “Comunismo Goulash”, que subsistió treinta y tres años hasta el poco conocido pero orgullosamente reivindicado por los húngaros “Picnic Paneuropeo”, cuando opositores cortaron simbólica y pacíficamente unas alambradas fronterizas rurales entre Hungría y Austria huyendo 600 turistas alemanes del este, pocos días antes de la caída del Muro de Berlín en 1989, definitivo colapso de la Cortina de Hierro.Sin embargo, varios intelectuales cercanos a los sucesos los interpretaron con mayor sutileza que la mirada bipolar en la que, paradójicamente, coincidían ambas superpotencias.El célebre escritor best-seller y periodista húngaro Arthur Koestler, vehemente ex comunista desilusionado del estalinismo, inició una campaña mundial antisoviética y pro húngara, apoyado por figuras como Camus y Arendt, denunciando el silencio de la izquierda europea.Ágnes Heller, filósofa descollante del s. XX y testigo presencial de la revolución, a la que frecuenté en Budapest como embajador argentino, la consideró su mayor experiencia política pues signó su progresivo distanciamiento de un marxismo ortodoxo inicial hacia un socialismo democrático y republicano, ponderándola como un experimento de democracia directa, autogestión e insurrección contra “todos” los signatarios de Yalta y Potsdam, lo que la obligó al exilio.El prestigioso periodista e historiador italiano Indro Montanelli, espectador de los sucesos como corresponsal del Corriere della Sera, interpretó en su ineludible colección de despachos titulada “La sublime locura de la revolución”, que “los protagonistas del episodio más bello y noble de la historia europea de posguerra” no eran reaccionarios capitalistas sino en su mayoría comunistas desilusionados y ávidos de libertad, criticando la pasividad occidental y la hipocresía del comunismo europeo.Para los húngaros de hoy, el 23 de octubre constituye una de las tres fechas nacionales en la que evocan esa hazaña con ceremoniosa unción, como pude presenciar en los actos ante el Parlamento húngaro y en otros escenarios históricos, con las banderas perforadas flameando en honor a sus héroes.En suma, para quienes se aboquen al estudio y a la promoción de la libertad, el recuerdo de aquella gloriosa revolución y de sus jóvenes mártires nos enseña que se trata de un concepto y de una realidad compleja y delicada, que puede adquirir muy diversas formas, menos la de una interpretación dogmática e irreductible de sí misma.

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