Antes de que terminara el milenio, en 1999, un estudiante de Ciencias Cognitivas de EE.UU, Ben Houston, acuñó el término “exocortex”: “Un órgano fuera del cerebro que ayuda al pensamiento de alto nivel”, según su propia definición, con la expectativa de que las primeras implementaciones pasaran por interfaces con la corteza prefrontal. El concepto registró su dominio en internet, tuvo una aparición fugaz en revistas de ciencia ficción clase “b” y luego se desvaneció.Pero el boom de la IA generativa lo recuperó como término: “No es un ‘segundo cerebro’, como se puso de moda hace un par de años (NdR: por lo que se hizo famoso el divulgador Tiago Forte), sino algo distinto, un cerebro ampliado por las funciones agénticas que se están desplegando con fuerza en 2026”, cuenta a LA NACION Rafael Sánchez, jefe de Innovación de Blue Star Group (TodoModa e Isadora), que está construyendo su propio “exocortex” (en el que tiene vinculados inclusive indicadores de salud y bienestar que recaba con su reloj inteligente y otros sensores), a la par que en la empresa arma una “colmena”: una dinámica de inteligencia colectiva al ritmo de Claude Cowork y Code, en este caso. La semana pasada desplegó académicamente esta idea un en un paper publicado en Zenodo, que lleva el título de “Exocortex: an operational definition and minimal architecture for a governed cognitive regulator”.Conceptos como el de exocortex o “quimeras” (empleados que aumentan su productividad 10X o 100X) contrastan con otra realidad del impacto de la IA en el 99,9% restante de la economía argentina, que vive esta transición con curiosidad, miedo, entusiasmo y desconocimiento, todo a la vez. “No está bueno que importemos ansiedades y preguntas de los EE.UU, acá tenemos nuestros propios desafíos, que son muy distintos”, explica el economista Tomás Castagnino, experto en este tema y jefe del área de research de Accenture. “En EE.UU. el gran miedo ahora es a un deterioro de las condiciones laborales, algo que acá viene sucediendo desde hace décadas”, agrega. Para Castagnino, el principal riesgo aquí tiene que ver con un “sesgo de omisión”: que no sepamos aprovechar las ventajas de esta revolución y que nos perdamos (una vez más) el tren que pasa. “Hoy estamos captando sólo el 2% de las inversiones regionales vinculadas a IAG, cuando nuestro PBI es del 10%; hay mucho camino para recorrer ahí”.Esta lente sesgada hacia lo que pasa en los países desarrollados hizo que durante varios meses del año pasado hubiera muy pocos experimentos o estudios en el terreno. Uno de los primeros y más famosos fue una muestra sobre cientos de consultores del grupo BCG (Boston Consulting Group), donde se notaba un “efecto igualador” (los empleados peor calificados a priori ganaban más con la IA en términos proporcionales que los mejores o “quimeras”).“Todo bien con el BCG, pero esto representa un nicho de muy alta calificación de los EE.UU, donde hoy se concentra la mayor parte de la discusión, y dice muy poco de la realidad argentina”, cuenta ahora el economista Guillermo Cruces, profesor de la UdeSA. Junto a su colega Ramiro Galvez, de la UTDT, y un equipo de investigadores, hicieron un relevamiento en la Argentina (el primero de este tipo a escala grande), sobre 1174 adultos de nivel educativo similar.Todos tuvieron que resolver un problema igual de negocios (leer un informe con texto, tablas y gráficos, diagnosticar qué estaba pasando y redactar un informe para el jefe), pero sólo una parte pudo tener un asistente de GPT. Sin IA, los participantes sacaban una ventaja de 0,55 desvíos estándar; con IA esa distancia cayó a 0,14. “Un 75% de la brecha se cerró con la ayuda de la IA”, cuenta Cruces. Pero hubo otro resultado que matiza lo anterior: “Esto sucedió cuando la IA estaba en la cancha, al retirar el asistente virtual la brecha volvió a ser importante. La conclusión es menos espectacular que ‘la IA democratiza el talento’: puede democratizar parte de la capacidad de ejecutar una tarea sin democratizar, al menos en lo inmediato, el capital humano que hay detrás”, agrega.Hay otra parte del vaso “medio lleno” para destacar en este debate para América latina y para la Argentina en particular. “La IA puede ser igualadora en el mercado laboral local por un motivo menos obvio: la polifuncionalidad”, marca el economista Ramiro Albrieu, de Sur Futuro, que también viene investigando este tema en profundidad. “Acá somos todos un poco ‘toderos’, y eso puede aumentar el potencial de la IA para transformar empleos”. El término “toderos” fue muy usado por el escritor uruguayo Eduardo Galeano para referirse a los trabajadores, pymes y cuentapropistas que están disponibles para “hacer un poco de todo”: vender, servir, arreglar, construir, pintar. El plomero que además arma presupuestos, negocia y cobra; el comerciante que lleva las cuentas, hace marketing en IG, capacita; el profesional que coordina proyectos, atiende clientes y resuelve todo tipo de tareas administrativas. En una economía más desarrollada (o en grandes corporaciones), son tareas que van más separadas.Esta polifuncionalidad o “toderismo” se advierte en los pocos estudios económicos que hay al respecto en la región. La economista Andrea Atencio de Leon comparó en 2025 101 ocupaciones equivalentes en Perú y EE.UU: los mismos grupos que activaban 7,1 de 9 habilidades en Perú sólo lo hacían con 3,6 skills en la economía más grande del mundo; casi el doble. Un ejercicio de Sur Futuro para cinco millones de posteos online para 1027 ocupaciones distintas en la Argentina, Brasil y Uruguay mostró una tendencia similar: el trabajador típico en la región activa 21 de 46 habilidades requeridas. “La polifuncionalidad no es una anomalía, sino la norma en la región”, dice Albrieu, que junto a la co-directora de Sur Futuro Megan Ballesty armó un coloquio sobre este tema recientemente en la Embajada de Canadá.El aporte de la IAG en este contexto tiene que ver con que buena parte de las “actividades periféricas” (administración y otras) son tareas cognitivas que se puede automatizar, con lo cual la productividad de jugadores individuales y equipos chicos puede aumentar más (en proporción) que la de conjuntos más grandes y sofisticados.Esta efervescencia con el uso de IA en el costado más informal de la economía se puede ver muy clara en los sub-chats de Telegram de Claude Argentina, donde hoy la mayor parte de los usuarios activos son dueños de pymes, de agencias chicas, de pequeños estudios contables o de abogados, productores agropecuarios. “Las pymes no suelen tener la espalda de capital para contar con áreas completas de desarrollo de sistemas, RR.HH, marketing: por lo general contratan a una persona que se hace cargo de todo el sector lo mejor que puede. El negocio no da para invertir en un equipo de ciberseguridad, de experiencia de usuario. Entonces tener a mano herramientas de IA para ampliar estas funciones es mucho más crítico en organizaciones que conviven con la escasez de recursos”, completa Sánchez, de Blue Star Group. Con un 99,7% de la población global que aún no usa ninguna IA sofisticada (paga), esta es una película que recién empieza. Y que, para bien o para mal, en este 2026 no para de traer novedades que vuelan la exo-peluca.Inteligencia artificialpymesArgentina
Las mil caras del impacto de la IA en el empleo: Exocortex, quimeras y el kiosco de la esquina
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