En Les Bains Douches, icónica discoteca parisina entre 1978 y 2010, las situaciones no se anticipaban, sucedían. Las figuras no exigían alfombra roja, inesperadamente emergían de las sombras. Nada de flashes, cronistas ni voyeurs, solo cómplices. Por sus laberínticos recovecos desfilaban David Bowie, Mick Jagger, Andy Warhol y Grace Jones, entre muchísimas otras celebridades. El club era, a la vez, refugio y escenario, una mezcla de alta costura, rock y nocturnidad extrema. Entonces corría un rumor: Prince podía aparecer y dar un mini recital. Ya había sucedido muchas veces. Sus músicos llegaban antes, instalaban los instrumentos, ajustaban los equipos y convertían el improvisado escenario en una promesa de unplugged exclusivo. Después, nada; el cantante no aparecía. A la tercera o cuarta falsa alarma, la noticia se había convertido en parte del folclore. Nadie abandonaba la conversación ni dejaba el champagne sobre la mesa para perseguir un fantasma. Pero muy cada tanto, la ilusión se hacía realidad y una figura menuda atravesaba la penumbra. Prince avanzaba hacia el altar como un monje extravagante, enfundado en un abrigo, ocultando bajo las telas sus altísimas plataformas. Claro, debía disimular su escueto 1,57 metro de altura. Igualmente, sobre el escenario era un gigante. El maquillaje, la mirada felina, la silueta andrógina y aquel histrionismo imposible de domesticar hacían el resto. Les Bains Douches era eso. Una caja de pandora donde todo podía suceder. Un teatro secreto donde los protagonistas eran sus extravagantes visitas. Fachada de la antigua Les Bains Douches, en el número 7 de la Rue du Bourg-l’Abbé, del tercer distrito de ParísLes Bains Douches fue una época. Las estrellas querían dejar la exposición de lado y explorar sus márgenes. Durante más de tres décadas, entre 1978 y 2010, el número 7 de la Rue du Bourg-l’Abbé, en el tercer distrito de París, se concentraron las noches más sofisticadas, desmesuradas y libres que Europa haya conocido. Convivían estrellas de cine, músicos, diseñadores, escritores, modelos, aristócratas, artistas de vanguardia y desconocidos chic. Se cruzaba la alta costura con el punk. Hollywood y la bohemia oscura. El lujo y la provocación. No era simplemente una discoteca, era un territorio con sus propias reglas, una especie de república nocturna a la que se llegaba desde cualquier parte del mundo para bailar, bajar por unas horas a los infiernos y así desaparecer por unas horas. Para muchos, fue un templo de libertad. Y, como sucede con las grandes leyendas, los recuerdos permanecen más nítidos en las sensaciones vividas que en las fechas. Su historia comenzó casi un siglo antes de su apertura. En 1885, François Auguste Guerbois y su hijo Albert inauguraron allí Les Bains Guerbois, unos baños privados con piscina, baños turcos y rusos y duchas de vapor sulfuroso. El establecimiento pertenecía a una tradición parisina en la que la higiene, la conversación, la vida social y la sexualidad marginal podían convivir en un mismo espacio. La familia Guerbois también estaba vinculada al célebre Café Guerbois, punto de encuentro de artistas e intelectuales e inmortalizado por Édouard Manet en varios de sus cuadros. Por ello, tales baños recibían a buena parte de la bohemia e intelectuales parisinos, como el mismo Manet, Paul Cézanne, Pierre-Auguste Renoir y Émile Zola. Marcel Proust acudía periódicamente a tomar baños de azufre y así, el lugar también quedó asociado al universo artístico que encontraba allí un refugio privado. Les Bains Douches iba a ser un lugar donde la música, el diseño, la fotografía, la moda y las artes visuales convivieran en la nocheCon el tiempo, aquella actividad desapareció y el edificio quedó abandonado. A fines de los años sesenta, Maurice Marois lo compró sin tener demasiado claro qué hacer en aquella construcción de distribución caprichosa, atravesada por pasillos, habitaciones, un hammam y una piscina. El inmueble parecía más una ruina que una oportunidad. Pero París estaba cambiando y dos jóvenes entendieron antes que nadie que aquel espacio podía convertirse otra vez en el punto de encuentro de una sociedad que necesitaba disfrutar de una nueva primavera. Jacques Renault, hombre de la noche, y Fabrice Coat tomaron el edificio y decidieron crear la respuesta europea al fenómeno de Studio 54, el club neoyorquino que había convertido la noche en un espectáculo mundial. Para darle una identidad concreta convocaron a un joven diseñador llamado Philippe Starck, que todavía no era la celebridad internacional en la que se convertiría. Starck trabajó sobre la memoria de los antiguos baños y la mezcló con una estética contemporánea, azulejos blancos y negros, una pista con un enorme damero y una piscina cuyo fondo parecía un tablero de ajedrez. El espacio podía funcionar como restaurante, bar, sala de conciertos y discoteca. David Rochline intervino posteriormente la entrada y Pierre et Gilles diseñó la tarjeta de invitación para la inauguración. Aquella elección era también una declaración de principios: Les Bains Douches iba a ser un lugar donde la música, el diseño, la fotografía, la moda y las artes visuales convivieran en la noche. Laboratorio nocturnoEl 21 de diciembre de 1978, más de tres mil personas asistieron a la inauguración. El nombre conservaba deliberadamente la memoria de los baños del siglo XIX, pero el espíritu era completamente nuevo. París tenía ahora su propio laboratorio nocturno, e inmediatamente estableció un diálogo directo con Nueva York. Los visitantes más elevados de aquella aristocracia unían los dos montes de seducción en menos de 24 horas. El circuito transatlántico incluía un vuelo de menos de cuatro horas en el Concorde, una noche en París y otra en Nueva York, en orden indistinto, con figuras que se repetían en diversión y secretos. Entrar en Les Bains y en Studio 54 era, en aquellos dos años que coincidieron, asegurarse la doble corona. Pero Les Bains Douches nunca fue una copia francesa de Studio 54. Su expresión se construyó alrededor de una mezcla mucho más compleja. Mientras la música disco dominaba otros clubes, allí podían escucharse Talking Heads, The B-52’s y los sonidos de la escena new wave. Philippe Krootchey fue uno de sus DJ fundacionales y convirtió la cabina en un laboratorio impredecible de sonidos. El sótano comenzó a recibir bandas que todavía estaban construyendo su nombre, como Dead Kennedys, Les Rita Mitsouko y Echo & the Bunnymen. Joy Division grabó su álbum en vivo Les Bains Douches el 18 de diciembre de 1979, mientras que en septiembre de 1981, Depeche Mode ofreció allí su primer concierto en Francia, años antes de convertirse en una banda capaz de llenar estadios. París tenía ahora su propio laboratorio nocturno, e inmediatamente estableció un diálogo directo con Nueva YorkDavid Bowie y quien fuera su última esposa, la top model Iman, en Les Bains Douches, una noche de septiembre de 1991Alexis DUCLOS - Gamma-RaphoAquello convirtió al club en una especie de pasarela permanente de la cultura contemporánea. Andy Warhol podía estar cerca de Jean-Paul Gaultier, Yves Saint Laurent coincidía con Paco Rabanne, a la vez que Catherine Deneuve, Gérard Depardieu, Jack Nicholson y Robert De Niro hurgaban en lo prohibido. Sin embargo, el verdadero secreto no estaba en la cantidad de estrellas, sino en la fusión. Thierry Ardisson, uno de sus habitués, lo definió como “el primer gran escenario de la noche parisina donde se desplegó la utopía de la diversidad”. Burgueses y obreros, famosos y desconocidos, heterosexuales y homosexuales, parisinos y suburbanos compartían la misma pista. Elisabeth Raether, editora de la revista Zeit Magazin, resumió muy claro la sensación que proponía Les Bains Douches: “Si te sentías tan inspirado (o ebrio) como para quedarte en ropa interior y saltar a la piscina, no había riesgo de que acabaras en Instagram”. Aquella libertad tuvo un contexto histórico irrepetible que explotó a finales de los 70 con un polémico lema que lo explicó tiempo después: “Después de que las píldoras anticonceptivas se popularizaran, y antes del sida”. Un intervalo en la historia que promovió libertades sexuales y sociales no atravesadas todavía por el miedo que transformaría la década siguiente. La piscina era uno de los principales escenarios de aquella desmesura. Las modelos podían terminar en el agua, había fiestas de espuma y el enorme tablero de ajedrez del fondo podía convertirse en parte de una performance. Las fronteras entre discoteca, teatro, instalación artística y fiesta simplemente desaparecían. Así se entendía un lugar que exigía participación e interacción. La puerta, sin embargo, tenía sus propios códigos. Les Bains no era democrático en el sentido convencional. Era estricto, pero no clasista. No bastaba con tener dinero ni con ser famoso. Tampoco garantizaba la entrada vestir de determinada manera o llegar acompañado por una celebridad. Había que entender la psicología del lugar. La política de admisión se resumía en la frase: “Ricos o pobres, jóvenes o mayores, famosos o desconocidos, pero no gente común”. Paquita Paquin explicaría después que no existían criterios formales, la entrada quedaba a discreción del club y de los que conocían como nadie el lenguaje intangible de la noche. La piscina era uno de los principales escenarios de desmesura en la disco parisinaLa más famosa de las porteras fue Marie-Line, la legendaria physionomiste, capaz de decidir en segundos quién tenía derecho a ingresar o no. Su frase “Désolée, ce soir ça ne va pas être possible” (“Lo siento, esta noche no va a ser posible”) se convirtió en una sentencia lapidaria que nadie quería oír. Otra recordada portera fue Jenny Bel’Air, una de las máximas figuras trans de la noche parisina, quien vigilaba personalmente la clientela. La puerta era, en sí misma, una rigurosa aduana en la noche europea más codiciada. La noche empezaba tarde. Los primeros noctámbulos ingresaban alrededor de las 23.30 y el cierre habitual rondaba las siete de la mañana, aunque los domingos podía extenderse hasta el mediodía. Era una jornada completa en la que París parecía quedar suspendida mientras adentro se sucedían cenas, tragos, conciertos, bailes, encuentros y largas conversaciones. La madrugada no tenía la estructura de una fiesta convencional, era un continuado. Quien llegaba temprano podía encontrar una mesa tranquila y quien aparecía a las cuatro podía encontrarse a Madonna ofreciendo un show para un puñado de gente que no prestaba mucha atención. Era doradaEn 1984 llegó un cambio decisivo. Jacques Renault y Fabrice Coat vendieron el club a Hubert Boukobza y Claude Challe, con el apoyo de Sylvie Grumbach, que había trabajado anteriormente en Le Palace, otro emblemático club nocturno de la ciudad. Boukobza, antiguo restaurador del barrio de Saint-Michel, entendió que no había comprado solamente un negocio, había comprado un mito en reconstrucción. Bajo su conducción, Les Bains, ya sin el complemento de “Douches”, alcanzó su verdadera edad dorada. La lista de habitués parecía un inventario de la cultura francesa e internacional: Claude Montana, Pauline Lafont, Emmanuelle Seigner, Loulou de la Falaise y Carla Bruni enaltecían el espacio. Después se agregaron Mick Jagger, Joe Cocker, Linda Evangelista y las ascendentes Kate Moss y Naomi Campbell. A su vez, un desconocido Dj residente llamado David Guetta comenzaba a ser uno de los mayores atractivos con live sets que llamaban la atención de toda la patria dancer. Les Bains seguía demostrando una sensibilidad inédita para detectar artistas antes de su esplendor. Las fiestas eran intensas porque el lugar estaba protegido. No se permitía el acceso indiscriminado de cámaras ni filmadoras. La noche quedaba, en principio, encerrada dentro de aquel fuerte. El fotógrafo Foc Kan fue una excepción integrada a ese universo y sus imágenes terminaron convirtiéndose en el gran archivo visual del club. Las estrellas y supermodelos que aparecen en sus fotografías retratan el making-off de una película coral de fantasía. Las imágenes son hoy documentación histórica, pero para aquel entonces eran simplemente fotogramas de una noche que no necesitaba explicación. Las fronteras entre discoteca, teatro, instalación artística y fiesta simplemente desaparecían; así se entendía un lugar que exigía participación e interacciónMick Jagger, otro de los habitués de la disco parisina, en 1983Foc Kan - WireImageLa selección francesa campeona del mundo de 1998 protagonizó otra de las noches memorables. Después de la final contra Brasil en la que ganaron por 3 a 0, los jugadores llegaron para celebrar la primera estrella. Boukobza había estado en el estadio junto a Dennis Hopper y Jack Nicholson y luego se complementaron Johnny Depp, Sean Penn, Bono y Roman Polanski. Por orden de los organizadores, esa noche se prohibió el uso de cualquier adminículo tecnológico, como las primeras cámaras digitales que ya habían aparecido en el mercado de lujo. Veintidós campeones del mundo, estrellas de Hollywood, las mujeres más bellas del continente y anécdotas que jamás saldrán a la luz. El final llegó en 2010, después de 32 años. Los problemas estructurales del edificio hicieron imposible continuar con normalidad. Las paredes y los cimientos habían sufrido décadas de actividad y reformas. A su vez, la cultura de los clubes se había transformado, aparecieron nuevas drogas, nuevas músicas y nuevas formas de sociabilidad. La generación que había convertido Les Bains Douches en todo un símbolo envejeció y las nuevas tribus llegaron con códigos de mayor visibilidad. El club cerró sus puertas, y con él terminó una de las etapas más extraordinarias de la vida nocturna parisina. Hubert Boukobza, que había reinado allí durante años, abandonó definitivamente el lugar y se trasladó a Ibiza, dejando en claro que la época de lujuria invisible había llegado a su fin.
La extravagante discoteca parisina con reglas propias, en la que todo podía suceder
Full Article
Original Source
Read the full article at Lanacion →KhanList aggregates and links to publicly available news content. We do not host full articles from third-party sources. Always verify important information with original sources.