La Argentina y Chile, un punto de inflexión

La Argentina y Chile, un punto de inflexión

Asistimos a un momento decisivo en la relación contemporánea entre la Argentina y Chile. Podemos reafirmar y profundizar los lazos de amistad y cooperación construidos a lo largo de las últimas décadas, o podemos retomar una senda de tiranteces y desconfianzas que, en el siglo XX, se manifestó con particular intensidad bajo regímenes autoritarios a ambos lados de los Andes, en el contexto de la Guerra Fría. La frontera común –una de las más extensas del mundo– hace que cualquier deterioro de la relación bilateral tenga consecuencias regionales. No podemos ni debemos ser fuente potencial de inestabilidad en el vecindario que compartimos.Por ello, lo que está en juego trasciende el ámbito estrictamente bilateral: no se trata solo de la política exterior de ambos países, sino también de la calidad y la proyección de las democracias que reconstruimos a partir de 1983 y 1990, respectivamente. Desde el retorno de la democracia en la Argentina, la relación bilateral pasó de un largo ciclo de tensiones territoriales graves a convertirse en una de las más estables y pacíficas de América del Sur en particular, y del continente, en general.Nuestra transición democrática de 1983 marcó un giro sustantivo en la inserción regional y mundial del país. En el marco de la confrontación bipolar entre Estados Unidos y la URSS, el gobierno de Raúl Alfonsín procuró –con amplio respaldo multipartidario– reorientar aspectos centrales de la política exterior. Un ejemplo elocuente fue el Tratado de Paz y Amistad firmado con Chile a fines de 1984, que fue sometido a consulta popular no vinculante y obtuvo el apoyo del 82 % de los votantes.En el ámbito regional más próximo, esa reorientación se tradujo en una estrategia de círculos concéntricos: prioridad del Cono Sur, centralidad de Sudamérica y relevancia de América Latina y el Caribe, bajo las premisas de estabilidad, prosperidad y autonomía. En el vecindario inmediato, dos vínculos concentraron de manera prioritaria la atención y las iniciativas de gobiernos sucesivos, de distinta composición partidaria: Brasil y Chile.En el caso particular de Chile, la sucesión de acuerdos y compromisos fue notable. Entre los principales se cuentan el mencionado Tratado de Paz y Amistad y el Acuerdo de Complementación Económica de 1991, a los que se sumaron, entre otros, el Tratado sobre Promoción y Protección Recíproca de Inversiones, el Convenio para evitar la doble tributación, el Tratado de Integración y Complementación Minera, el Acuerdo sobre Controles Integrados de Frontera, el Tratado sobre Medio Ambiente, el Protocolo sobre Recursos Hídricos Compartidos y el Tratado de Maipú de Integración y Cooperación de 2009. Si el tratado de 1984 estableció la paz jurídica, los avances de 1990-1991 –que fueron cerrando la agenda territorial pendiente– abrieron el camino a una política activa de cooperación. Ambas democracias coincidieron entonces en resolver las 24 cuestiones limítrofes que aún subsistían, la mayoría de las cuales se solucionó por negociación directa.Dante Caputo señala los mapas con la explicación del acuerdo con Chile por el BeagleAquel punto de inflexión decisivo fue 1984: el paso de la casi guerra de 1978 a la paz vigente. Los hitos sucesivos consolidaron esa realidad y la transformaron en una política de confianza mutua. Desde entonces, los lazos han sido predominantemente de acercamiento y concurrencia, con diferencias puntuales, pero sin retorno a la lógica de conflicto. Eso es lo que está en juego. Ese es el tamaño del desafío compartido.En la actualidad hay dos circunstancias internacionales que es imposible obviar: estratégicamente, la ascendente disputa de Estados Unidos con China, y coyunturalmente, las divergencias crecientes de Estados Unidos con el Reino Unido. Eso son asuntos a los que la Argentina y Chile están, y deben seguir estando, ajenos. Terciar en ellas por las razones de ellos conduce, irremediablemente, a empeorar las relaciones bilaterales y a convertir a Buenos Aires y Santiago en marionetas de un juego global sobre el cual ni la Argentina ni Chile tienen el control de las principales variables.Nuestras diferencias inmediatas giran en torno al Estrecho de Magallanes y las Islas Malvinas. No estamos, de ningún modo, en 1978 ni al borde de un conflicto estimulado por dos gobiernos militares; vivimos bajo regímenes democráticos. Ello nos obliga a todos –en la Argentina, a oficialistas y opositores por igual– a ser prudentes, pacientes y prácticos. El decreto simple que da andamiento a la Directiva de Política de Defensa Nacional (2021) y la anunciada travesía Punta Arenas-Puerto Argentino del carguero de bandera chilena Danstar, operado por la naviera Easter Island Naviera, no son circunstancias sin alternativas: entre 1983 y 2023 ha sido habitual tener divergencias, y lo principal ha sido afrontarlas, transformarlas y superarlas. Las de hoy no serán las últimas, porque tampoco fueron las primeras.Todavía es un buen momento para la Argentina y Chile. Pasar de la barbarie a la civilización cuesta muchos años; de la civilización a la barbarie, en cambio, solo necesita un día (Will Durant). Retomar, después, los contornos de aquella convivencia trabajada por todos, exige nuevos años. Las rupturas siguen la lógica de la sensación: emoción, arrebato, barullo. Las desescaladas, la del análisis: mordedura de labios, reflexión, constancia. Las rupturas son rápidas; las reconciliaciones, trabajadas. Es un momento propicio para que ambos países urdan una decisión bilateral, simultánea, comprensible para sus sociedades y políticamente sustentable.En las relaciones internacionales se distinguen varias formas de diplomacia que van más allá de la diplomacia estatal clásica ejercida por cancillerías y embajadores. La diplomacia parlamentaria comprende contactos, diálogos, visitas, grupos de amistad, comisiones binacionales e incluso gestiones políticas entre legisladores de distintos países. La diplomacia personal alude a la influencia que ejercen las relaciones entre dirigentes políticos, líderes partidarios, expresidentes, empresarios, intelectuales o figuras con acceso al poder. La llamada diplomacia de segunda vía (track two diplomacy) incluye, por su parte, contactos no oficiales entre académicos, exfuncionarios, fundaciones, militares retirados, centros de estudios o líderes sociales. La riqueza y profundidad de la relación entre vecinos admite, así, una amplia paleta de cauces y posibilidades.La Argentina y Chile tienen una oportunidad. Lo que no les sobra ni les sobrará serán puntos de inflexión.

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