Injustificable

Injustificable

Hay palabras que adquieren, en determinadas circunstancias, una precisión inesperada. “Injustificable” es una de ellas.Manuel Adorni, exvocero presidencial y exjefe de Gabinete, ha pedido más tiempo para justificar su patrimonio. La fiscalía habría detectado una veintena de inconsistencias y le requirió explicaciones y documentación sobre diversos movimientos patrimoniales. Su defensa solicitó una prórroga. Tiene derecho a hacerlo. Como también tiene derecho a defenderse, a presentar documentos y a demostrar que cada peso que gastó y cada dólar que incorporó a su patrimonio tienen un origen lícito. Será la Justicia, y no la opinión pública, la que deberá decidir si Adorni cometió algún delito.Pero no es esa la única cuestión. Existe otra responsabilidad, anterior a la penal y mucho más exigente para quien ocupa una función pública. No se mide en expedientes ni requiere una sentencia. Es la obligación elemental de que exista coherencia entre lo que se predica desde el poder y lo que se practica desde él.Allí las explicaciones se vuelven más difíciles. Porque Adorni llegó al gobierno como uno de los fiscales más severos de la política argentina. Desde la vocería presidencial, explicó el ajuste, denunció los privilegios de “la casta”, defendió la reducción del gasto público y se convirtió en uno de los rostros más reconocibles de una administración que hizo de la austeridad no solo un programa económico, sino también una reivindicación moral.Mientras millones de argentinos escuchaban que debían aceptar privaciones porque el país había vivido por encima de sus posibilidades, la vida del funcionario comenzaba a exhibir signos bastante diferentes.La sucesión de informaciones es conocida: compras de inmuebles; extrañas operaciones hipotecarias con inverosímiles acreedores; importantes refacciones en una casa de descanso; vacaciones familiares en Aruba; un viaje a Uruguay en avión privado; consumos y gastos cuya magnitud despertó interrogantes acerca de su correspondencia con los ingresos conocidos del funcionario y su esposa. Tales revelaciones terminaron originando una investigación judicial.No es censurable que un funcionario sea rico, compre una casa confortable, viaje en primera clase o lleve a su familia de vacaciones. La República no exige votos de pobreza. La austeridad del Estado tampoco obliga a la austeridad privada de quienes lo administran. Pero exige algo mucho más sencillo: que puedan explicar cómo pagaron lo que gastaron. Y allí comienza el verdadero problema de Adorni.Cuando compareció ante el Congreso, sostuvo que no había ocultado patrimonio. Poco después reconoció públicamente que él y su esposa habían mantenido fuera de sus declaraciones alrededor de medio millón de dólares. Explicó que se trataba de ahorros obtenidos antes de ingresar al Gobierno, parte de ellos mediante inversiones en criptomonedas, y admitió que durante años habían ahorrado dinero sin declararlo. Posteriormente, rectificó sus declaraciones juradas de 2023 y 2024.La explicación podrá resultar jurídicamente suficiente. Esa es otra cuestión. Políticamente, fue devastadora. Porque el problema no reside solamente en haber omitido una suma importante en una declaración patrimonial. Reside en haber construido una identidad pública alrededor de valores que, llegado el momento de aplicarlos a la propia conducta, parecen adquirir una flexibilidad sorprendente.Una democracia sería muy pobre si el único estándar aplicable a sus funcionarios fuera el Código Penal. Porque no todo lo que no constituye delito resulta aceptableDurante demasiado tiempo la Argentina toleró una curiosa división del trabajo moral. Los gobernantes dictaban las reglas y los gobernados debían cumplirlas. Los primeros encontraban explicaciones; los segundos pagaban multas. Para unos había excepciones, interpretaciones y olvidos. Para los otros, vencimientos.El gobierno al que perteneció Adorni prometió terminar precisamente con eso. De allí que el episodio resulte más grave que un mero problema patrimonial individual, porque cuando alguien llega al poder denunciando una moral pública degradada, asume voluntariamente una obligación adicional. Quien proclama que viene a terminar con los privilegios no puede luego solicitar indulgencia para los propios. Quien exige sacrificios debe ser particularmente escrupuloso al explicar su prosperidad. Quien denuncia la opacidad ajena no puede ampararse en ella cuando las preguntas se dirigen hacia él.No hace falta determinar si hubo enriquecimiento ilícito para advertir esa contradicción.Mucho menos después de que la controversia obligara al propio Adorni a abandonar la Jefatura de Gabinete el 27 de junio, mientras insistía en que no había cometido delito alguno y que demostraría su inocencia ante la Justicia. Su renuncia tampoco resolvió el problema.Ahora sabemos, por el requerimiento fiscal conocido en estos días, que quedan explicaciones pendientes. La Justicia quiere documentación. Adorni pide tiempo para aportarla.Pero una democracia sería muy pobre si el único estándar aplicable a sus funcionarios fuera el Código Penal. Porque no todo lo que no constituye delito resulta aceptable. No toda conducta que evita una condena merece aprobación. Y no hace falta que un juez declare culpable a un funcionario para que los ciudadanos puedan preguntarse si estuvo a la altura de las reglas que él mismo reclamaba para los demás.Ese es quizás uno de los mayores daños que estas conductas producen: cada vez que quien prometió ser distinto termina explicando que su caso también era especial, se destruye un poco más la confianza pública. Y esa confianza es bastante más difícil de recuperar que el dinero.Adorni podrá explicar las veinte inconsistencias. Pero habrá algo que ningún documento contable podrá borrar: durante su paso por el poder, quien convirtió la austeridad en discurso y la transparencia en exigencia terminó teniendo que explicar por qué su propio patrimonio y sus gastos provocaban preguntas que no podían responderse a simple vista.La Justicia determinará si hubo delito. Pero hay una explicación que no corresponde pedir a un juez. Adorni, que hizo de la austeridad una bandera y de la transparencia una exigencia, debía ser el primero en poder explicar, con claridad, su propio patrimonio. Quizás en algún momento logre demostrar que no hizo nada ilegal. Pero lo que nunca podrá justificar es la contradicción entre lo que exigió a los demás y su propia conducta. Porque esa contradicción es injustificable.Manuel AdorniCorrupción en la ArgentinaJusticia

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