El Régimen de Incentivos para Grandes Inversiones (RIGI) otorga beneficios para el desarrollo de grandes proyectos y en base a ellos, varias provincias recibirán inversiones en energía, minería, fertilizantes y otros rubros de exportación por cifras jamás imaginadas. Sin embargo, las principales ciudades del país tardan en despertar mientras se preguntan cuándo esa prosperidad “se derramará” para que las pequeñas industrias, los comercios, los servicios y la miríada de actividades que configuran su trama productiva despierten y se tonifiquen por igual.Si se comprendiese que también existe un RIGI para los conurbanos, sus vidas podrían transformarse de inmediato, sus familias respirar sin angustias y sus hijos encontrar trabajo aquí, sin tramitar nacionalidades foráneas, pues los argentinos (no todos, por cierto) tienen más de 200.000 millones de dólares líquidos fuera del sistema financiero, en el exterior o en “colchones” varios. Salvo Rusia, nuestro país es líder en fuga de capitales, y por lejos. Le siguen Líbano, Venezuela y Turquía, con cifras mucho menores. Las dos primeras son naciones fallidas, símbolo de fracasos luego de etapas de esplendor, como nosotros. Y por no contar con ahorros en nuestra moneda, no hay depósitos, ni créditos ni mercado de capitales. Una economía crispada y siempre a un tris de retirar dineros de los bancos y vaciar cajas de seguridad.Imaginemos una represa con un enorme lago artificial, formado por décadas de acumulación de aguas y que, en lugar de verter su contenido, continúa creciendo sin dejarlas fluir por sus compuertas. A sus pies están los argentinos, plantados en el cauce seco de un río inexistente, debatiendo cómo lograr que los aljibes se llenen, los huertos fructifiquen, los animales pasten y que todos puedan comer, educarse y curarse, sin penurias a fin de mes. En ese pedregal yermo nadie parece entender cómo funciona la represa y, en lugar de encontrar el sésamo que haga volcar su contenido aguas abajo, se profundizan las causas de la aridez que perpetúa la pobreza. Pues las compuertas no se abrirán mientras los dueños de esas aguas no se convenzan de que no serán estafados por sus vecinos del curso inferior como lo hicieron mil veces en el pasado. “¡Es la confianza, estúpido!” diría el simpático Bill Clinton con gesto de obviedad, enseñándonos que, con confianza, el RIGI para el conurbano funcionaría de inmediato. Palabra abstracta, quizás, ajena al lenguaje de la política que la considera inoperante para paliar necesidades de aquí y ahora. Hasta el arzobispo de Buenos Aires parece descreer de ella para dar pan, paz y trabajo.Mientras nuestros pesos no sean demandados por la gente no hay otra alternativa viable para reactivarExiste una tensión irresuelta entre los gastos del Estado y los recursos disponibles para cubrirlos. Si fuese una balanza de dos platillos, veríamos el izquierdo cargado con 10 millones de clase pasiva (60% del presupuesto) con un sistema desfinanciado por 3 millones sin aportes más 4 millones de empleados públicos, de los cuales 3 millones son provinciales y medio millón municipales, además de 1,5 millones de pensiones no contributivas. La “casta política” incluye 1525 legisladores, de los cuales 329 son nacionales y 1196 de las 24 legislaturas distritales. Hay concejos deliberantes en 2234 municipios del país, con cargos rentados. Agreguemos 1100 millones de dólares de déficit de las empresas públicas con sus 72.000 empleados y los irreductibles subsidios a la energía y a colectivos de la Capital Federal y del Gran Buenos Aires, donde los usuarios con beneficio (la mitad) solo pagan el 32% del costo real. Ni qué hablar de los trenes, cuyo déficit es astronómico. Todo es gasto corriente como lo quiso el populismo a costa de una infraestructura deteriorada que necesita inversiones. Suma y sigue.Hasta 2023, el platillo derecho equilibraba la balanza con el impuesto inflacionario que pagan los pobres. Al bajarse la inflación y haberse reducido impuestos, la presión fiscal en ese platillo se ha hecho insoportable para quienes trabajan en blanco. La solución para que el equilibrio sea sustentable es una reactivación que aumente la recaudación. Pero esa “magia” revitalizadora depende, como lo diría Clinton, de la confianza suficiente para que los argentinos vendan sus dólares y se atrevan a ahorrar en pesos. De esa manera, el embalse comenzará a verter. Eso se llama demanda de dinero y se refleja en una tasa de interés que, cuando baja, impulsa un círculo virtuoso que expande el crédito, aumenta el consumo, financia la construcción y soluciona la morosidad. Al multiplicarse la recaudación se garantiza un equilibrio sustentable, recreando el valor de la moneda y erradicando la inflación. Parece fácil, pero no lo es, pues detrás de ese mecanismo está la política, con sus zancadillas y sus cegueras.Mientras nuestros pesos no sean demandados por la gente no hay otra alternativa viable para reactivar. Irredimibles, los alquimistas del populismo proponen el sempiterno atajo de la devaluación para dar un empujón a la industria. Algunos sugieren un “programa integral” con más retenciones al campo, aumento de tarifas, congelación de precios y atrasar salarios para enfriar el consumo. Las “políticas de ingresos” reiteradas una y mil veces con mesas de diálogo siempre fracasadas.Con ayuda de la inteligencia artificial se podría redactar algún programa económico casi perfecto, ponerle tapas de cuero y entregárselo a algún licenciado para que lo aplique. Pero, se preguntarán aguas arriba: “¿quién será el ministro receptor de la carpeta?” “¿Sergio Massa, Axel Kicillof, Silvina Batakis o Amado Boudou? ¿Hernán Lorenzino, Felisa Miceli o Martin Guzmán?” Nada de reírse, pues tampoco suscitarán confianza, por sí solos, ni quienes ocuparon el 5º. piso durante la gestión de Mauricio Macri, ni sus predecesores desde 1983, salvo la década dorada de la convertibilidad.La confianza no la genera un programa bien diseñado ni tampoco el nombre de un economista prestigioso en el cargo ministerial. Radica en la voluntad política de quien ejerce la primera magistratura de llevarlo a cabo, con el apoyo que logre aunar en el Congreso Nacional y en los gobiernos provinciales. Y sin un Poder Judicial que, disponiendo cautelares, ignore el espíritu de 1853 con nostalgia del 49.Se gana cuando se logra convencer de que los gastos del platillo izquierdo no aumentarán y que los ingresos no incluirán, nunca más, el impuesto inflacionario. Ignorando el dramatismo de esta batalla, se critica al Gobierno por exagerar la medicina, pues todo remedio, en grandes dosis, es tóxico. No se advierte que la desconfianza requiere omisión de remedios y no exceso de ellos, aunque se exagere la acción de negarlos. Defecto de gastos, defecto de regulaciones, defecto de subsidios, defecto de organismos, de autarquías y de fideicomisos. Aunque parezcan actos arbitrarios, insensibles o impolíticos pero que demuestren convicción de que Nunca Más se volverá a emitir para gastar sin financiación. Toda sobreactuación se justifica ante un escepticismo enraizado, como si fuera el sacrificio de Abraham.Las marchas por la ley de tierras, la educación y la reforma laboral, operan en sentido contrario, así como las disidencias de gobernadores a pesar del rol crucial que tienen en la presión fiscal y la baja del gasto público. Basta imaginar qué pensarán quienes deben verter sus dólares de la represa después de verlos y oírlos. Creerán que en la Argentina “los gastos no se tocan” pues no se trata de una cuestión económica sino de un orden social inmodificable y único posible. El mítico ser nacional que, si debiese ser sufragado con inflación, inflación tendremos. Es triste, pues si fuera así, el RIGI del conurbano quedará archivado y el peligro de una regresión en las urnas, amenazante.Nota de OpinionActualidad económicaSergio Massa
Existe un RIGI para el Conurbano
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