Hay visitas que despiertan expectativas políticas, otras que generan entusiasmo popular y algunas que nos invitan a preguntarnos quiénes somos y hacia dónde queremos ir. Creo que el viaje del papa León XIV a la Argentina pertenece a esta última categoría.Vivimos en un país que parece haber perdido la capacidad de escucharse. Nos acostumbramos a discutir para derrotar al otro, a confundir firmeza con agresividad y a interpretar cualquier diferencia como una amenaza. En ese contexto, la llegada del Papa puede ser una oportunidad extraordinaria para recuperar nuestra capacidad de encontrarnos.De León XIV me llama especialmente la atención su serenidad. En un mundo que parece premiar al que grita más fuerte, aparece un hombre que transmite una manera diferente de ejercer el liderazgo. Su estilo nos recuerda que la autoridad no depende del volumen de nuestras palabras, sino de la coherencia entre lo que creemos, decimos y hacemos.En mi libro Liderazgo Espiritual intenté explorar precisamente esa dimensión del poder: la capacidad de conducir desde la humildad, el servicio, la esperanza y el perdón. Creo que León XIV nos invita a reflexionar sobre esas virtudes, que parecen haber perdido espacio en nuestra conversación pública.Pero mi expectativa frente a su visita tiene también una dimensión profundamente personal.Tuve el privilegio de conocer a Jorge Bergoglio mucho antes de que se convirtiera en Francisco. Fue mi confesor en Buenos Aires y después pude visitarlo varias veces en Roma. Durante mi enfermedad encontré en él una cercanía espiritual que todavía me emociona recordar.Francisco me ayudó a comprender que la fe no elimina el sufrimiento, pero puede transformar nuestra manera de atravesarlo. Me enseñó que acompañar a alguien no significa necesariamente resolver sus problemas. Muchas veces significa simplemente estar presente y recordarle que no está solo.Mi enfermedad me llevó por caminos que jamás hubiera elegido. Perdí el movimiento, la voz y buena parte de mi independencia. Hubo momentos de enorme oscuridad. Pero también descubrí que incluso cuando uno pierde casi todo lo que creía indispensable, todavía conserva la capacidad de amar, de servir y de encontrar sentido.Y en ese camino encontré a Dios de una manera que nunca había experimentado.Por eso, cuando pienso en la visita de León XIV, pienso especialmente en quienes sufren, en quienes perdieron la esperanza y en quienes se sienten solos. Sé, por experiencia propia, que una palabra o un gesto pueden abrir una puerta que parecía definitivamente cerrada.No espero que el Papa venga a resolver nuestros problemas políticos. La pobreza, la educación y la debilidad de nuestras instituciones son responsabilidades que debemos asumir los argentinos. Tampoco deberíamos intentar apropiarnos políticamente de su visita. Un Papa no viene a darle la razón a un gobierno ni a una oposición.Lo que sí espero es que nos ayude a recuperar una mirada diferente sobre quienes piensan distinto. Reconciliarnos no significa abandonar nuestras convicciones, sino reconocer que seguimos compartiendo una misma Nación.Tengo una esperanza muy profunda en este viaje. No porque imagine que unos pocos días puedan transformar mágicamente a la Argentina, sino porque creo que los grandes cambios muchas veces comienzan con pequeños movimientos del alma.Tal vez una persona vuelva a rezar. Tal vez otra encuentre fuerzas para perdonar. Tal vez una familia se reconcilie. Tal vez un dirigente descubra que escuchar no lo hace más débil. Tal vez alguien que atraviesa un sufrimiento enorme comprenda que todavía tiene motivos para vivir.Para mí, esos pequeños milagros tienen un valor inmenso.Hoy paso mucho tiempo contemplando mi jardín en silencio. Antes lo miraba; ahora estoy aprendiendo a contemplarlo. Descubrí que cuando uno deja de hacer ruido empieza a percibir cosas que antes le pasaban inadvertidas.Quizás eso sea lo que más deseo de esta visita: que nos ayude a hacer un poco de silencio, a escucharnos y a recordar que, detrás de nuestras diferencias, seguimos siendo hermanos.Y, sobre todo, que nos recuerde que Dios no abandona a quienes sufren, que el amor siempre puede abrir caminos nuevos y que ninguna oscuridad es tan profunda como para apagar definitivamente la esperanza.Por Esteban BullrichExministro de Educación de la Nación, exsenador nacional por la provincia de Buenos Aires
El Papa y su viaje a la Argentina
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