¿Tiene sentido llevar a París a un importante número de gobernadores flexibles y proclives a cooperar con el oficialismo para mostrar “gobernabilidad”? ¿Pueden los sofisticados e hiperinformados actores económicos que participan de estas jornadas en que el país promociona oportunidades de inversión en la capital francesa confundir una foto o la presencia en un cóctel con una coordinación efectiva entre el Poder Ejecutivo Nacional y un importante conjunto de referentes provinciales que brinden certidumbre respecto de las principales reglas del juego de la economía argentina? Vale la pena recordar que en aquellas desventuradas jornadas de marzo pasado en Nueva York, bajo el mismo paraguas marketinero, el Gobierno pretendió dar una imagen muy similar, con un impacto real entre neutro y negativo, al margen de la absurda paralización de la gestión que por más de un trimestre sufrió la administración Milei como consecuencia del affaire Adorni, que continúa y podría generar más dolores de cabeza justo cuando, el año próximo, se calienten los motores de la competencia electoral. En el mismo sentido, la firma del Pacto de Mayo y la comisión ad hoc que funcionó con representantes de diferentes actores políticos y sociales, incluidos los gobernadores, tuvo un resultado marginal. ¿Por qué esta vez sería diferente?El tema de la gobernabilidad merece una reflexión adicional. A diferencia de lo que ocurre en muchas democracias, incluso maduras, la Argentina no parece correr riesgos “clásicos” (reversión de regímenes autoritarios) ni contemporáneos (tendencias y comportamientos autocráticos en parte de su liderazgo). Sobreviven pequeños islotes o enclaves de autoritarismo y pulsiones despóticas, entre políticos nacionales (un común denominador entre CFK y Milei, sobre todo en su desprecio a los medios de comunicación independientes y a aspectos de la calidad institucional, como transparencia de los actos de gobierno, lucha contra la corrupción e independencia de la Justicia) y, fundamentalmente, en el nivel provincial y local (con Formosa como ejemplo paradigmático; considerar el insólito respaldo del Presidente a un fallo ridículo de un juez de esa provincia avalando la supuesta legalidad de la limitación al trabajo de investigación periodística). Pero la gobernabilidad democrática en la Argentina se ve, a todas luces, más firme que nunca. No existen actores políticos ni burocráticos (como en su momento fueron las FF.AA.) con capacidad de amenazar, condicionar o interrumpir el orden constitucional. Más: el país superó situaciones de crisis económica, política y social agudas (como la hiperinflación de 1989/1990, la caída de la convertibilidad y el conflicto con el campo) sin sufrir embates golpistas. Hasta el “test de resiliencia” que implica una figura de las características, las narrativas y los atributos ideológicos de Javier Milei arroja resultados positivos.Fuera de esto, el país carece de un consenso básico entre las principales fuerzas políticas y sociales respecto de la política económica, sus objetivos y, sobre todo, sus instrumentos. ¿Quiere la política argentina una economía estable, con un dígito bajo de inflación? ¿Existe una coincidencia a favor de una economía abierta y competitiva, con una presión fiscal moderada y un tipo de cambio competitivo? ¿O, por el contrario, hay un sesgo hacia una moneda doméstica sobrevaluada con relación al dólar? ¿Qué tasa de inversión y crecimiento pretende nuestra clase dirigente? Milei afirmó en su participación virtual en el Coloquio de IDEA que el 70% está de acuerdo con su modelo. Si así fuera, ¿por qué no plasmarlo en un acuerdo formal? Esta ausencia de consensos fundamentales explica la lógica pendular que distingue nuestro (sub)desarrollo económico y político, con los costos sociales que, más allá de variaciones circunstanciales o estacionales, muestran desde hace décadas un patético deterioro.Estaríamos ante un grave problema si alguien en el Gobierno supone que una delegación oficial, una foto de ocasión o algún apoyo en el Parlamento por parte de un grupo de gobernadores hiperpragmáticos y sedientos de recursos puede sustituir o compensar la falta de credibilidad que genera el país como consecuencia de ese disenso elemental. Nuestra singular historia, zigzagueante y controversial, nos condena a sobrellevar una reputación muy mala. ¿Cuánto hace el Presidente para revertirla? ¿Alcanza con ratificar su compromiso con la sustentabilidad fiscal, con el religioso cumplimiento de las obligaciones de deuda y con su programa desregulador? Al margen de la retórica encendida, el Gobierno no impulsó (como lo reconoció el propio Milei, que las promete para un segundo mandato) las reformas estructurales más importantes, comenzando por la previsional y la tributaria, e incluyendo la monetaria, la financiera y la del régimen de coparticipación. ¿Por qué presumir que el país mejorará de manera sustantiva en el corto plazo, como para influir en el clima electoral del año próximo, si aún no se modificaron las cuestiones más importantes de fondo?Javier Milei y Emmanuel Macron. Oct. 1, 2026. (AP Photo/Christophe Ena)Christophe Ena - APEl reciente paso de Milei por Nueva York para participar de la Asamblea General de la ONU no parece haber arrojado una cosecha demasiado positiva. “Tener un presidente economista con semejantes convicciones es bueno y malo a la vez: te asegura austeridad y disciplina fiscal, pero esa receta puede ser suicida de cara a las elecciones”. El reconocido inversor se sacó los anteojos, miró por la ventana del tren desde el que había hecho la videollamada y agregó: “Tengo 40 años de experiencia en los mercados, nunca vi a un presidente que se negara a gastar más con su reelección en juego”. Veterano de mil batallas, sobreviviente de las más duras crisis (“a pocas semanas de comenzar mi primer trabajo fue el ‘lunes negro’ del 19 de octubre de 1987”), este experto, que tuvo un breve paso por el Departamento del Tesoro en la última parte de la administración Obama y fue asesor en la fallida campaña de Hillary Clinton, concluyó: “Voy a conocer a tu presidente en unas horas… ¿Qué le preguntarías?”. No supe qué contestar. Tenía tantos interrogantes que me era difícil ordenarlos con algún criterio. Por suerte, le entró un llamado de su oficina e interrumpimos la conversación. “Te cuento mis impresiones esta noche durante mi viaje de regreso a Connecticut”. No fueron las mejores: la etapa en la que los mercados le daban crédito a Milei por la corrección fiscal es historia. Ahora la preocupación pasa por las mencionadas reformas no hechas, la caída de la actividad económica y el impacto electoral que podría provocar, y por la capacidad de hacer frente a las obligaciones de deuda ante la demanda de dólares que ya comenzó.Lo curioso de la actual coyuntura es que la Argentina muestra un panorama relativamente sólido tanto desde el punto de vista fiscal como externo. Sin embargo, tanto en el debate público como entre los actores del mercado, todo ocurre como si estos logros fueran secundarios. La tristemente famosa “dominancia fiscal”, que a fuerza de crisis, inestabilidad y evidencias concluyentes de reversión del desarrollo tan bien conoció nuestro país, está perdiendo centralidad para dar lugar a cuestiones consideradas más urgentes, como la capacidad para responder a una nueva corrida cambiaria. Sobre todo, en virtud de la incertidumbre que rodea a los comicios de 2027, incluido el riesgo de reversión populista. ¿Contará el Gobierno con los dólares suficientes? De no ser el caso… ¿Aparecerá nuevamente un “prestamista de última instancia”? Pocas veces una elección de mitad de mandato en EE.UU. despertó tanto interés entre los actores económicos del país, que se preguntan si una eventual derrota republicana, que podría implicar la pérdida de ambas cámaras, le restará margen de maniobra al gobierno de Trump para volver a apoyar al país y salvar al Gobierno de una derrota posible.
El Gobierno se autolimita frente al desafío electoral
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