Corazón inquieto: interioridad, amistad y comunidad, las claves de la identidad agustiniana de León XIV

Corazón inquieto: interioridad, amistad y comunidad, las claves de la identidad agustiniana de León XIV

“Ama y haz lo que quieras”. Con tan solo seis palabras, la frase es toda una guía para la vida. Fue expresada hace unos 1600 años por el obispo Agustín de Hipona, San Agustín, el inspirador de la orden religiosa que marca la identidad del sacerdote Robert Prevost, el papa León XIV, que está próximo a llegar a la Argentina. “Soy agustino, un hijo de San Agustín”, se definió, apenas fue elegido Papa, quien años antes se había desempeñado como la máxima autoridad mundial en la Orden de San Agustín (OSA).A esas palabras sobre el amar bien se las podría valorar del mismo modo que el propio San Agustín se refiere a Dios en su célebre obra Confesiones: son una “hermosura siempre antigua y siempre nueva”. No arman una frase sin contexto, sino una expresión que forma parte de una homilía del santo, referida a la primera carta del apóstol San Juan. Dice ese mensaje: “La bondad de las acciones de los hombres solo se discierne examinando si proceden de la raíz de la caridad; pueden realizarse muchas cosas que poseen una apariencia de bondad, pero que no proceden de una raíz de la caridad”. Y luego expresa: “Ama y haz lo que quieras: si callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor”.¿Qué es lo que ama San Agustín al amar a Dios? La pregunta tiene su respuesta en otro texto de su autoría, de enorme belleza. Pero antes de llegar a esa descripción –transcripta más adelante en este artículo– estuvo la búsqueda constante, que mantuvo inquieto el corazón de aquel hombre nacido en el año 354 en el norte de África, en la entonces ciudad de Tagaste perteneciente al Imperio Romano (hoy, Souk Ahras, en Argelia).El corazón inquieto es un rasgo de la identidad agustiniana que está representado en el escudo de León XIV. De ese símbolo del papado forma parte la figura de un corazón traspasado por una flecha y coronado por llamas de fuego, que posa sobre un libro: “Me traspasaste con tu palabra el corazón, y te amé”, dice el santo en sus Confesiones, dirigiéndose a Dios. En la entrada a la Parroquia San Agustín, en Buenos Aires, un cartel recuerda la frase expresada por León XIV: "Soy hijo de Agustín" Silvia StangEn ese texto autobiográfico relata, además de su encuentro con lo divino, sus perdiciones juveniles, desde el hurto de frutas hasta las pasiones desordenadas en las que vivía inmerso, mientras su madre Mónica oraba por su conversión; a Santa Mónica la tradición católica la muestra como una mujer con lágrimas en los ojos y un pañuelo en su mano derecha. Interioridad y comunidad La búsqueda fue una constante en la vida de San Agustín. Durante años la encaró “por fuera” de sí mismo, algo que lo llevó a estar muy lejos del encuentro con la Verdad, con Dios. Ese encuentro se dio, finalmente, en la interioridad. “Se busca para encontrarlo y se encuentra para volver a buscarlo con mayor avidez”, resume en su obra teológica Sobre la Trinidad. “Conózcame a mí, conózcate a Tí”, dice otra frase de este Padre de la Iglesia, en este caso de su obra Soliloquios.Desde su interioridad, San Agustín se abre para que su camino de búsqueda sea compartido, en un estilo de vida que siguen muchas personas en el mundo: sacerdotes, frailes, religiosas y laicos que forman la familia agustiniana. Un rasgo muy marcado es el valor dado a la amistad y a la vida en comunidad. Tras su conversión, ocurrida a sus 32 años, San Agustín se retira un tiempo a vivir a un lugar llamado Casicíaco, cerca de Milán –donde había escuchado las palabras del obispo San Ambrosio, claves para su fe–, con varios seres queridos.Sobre sus amigos, en sus Confesiones relata qué hacían juntos: “Conversar y reír, servirnos unos a otros con buena voluntad, leer libros divertidos, chancearnos y entretenernos”. Expresa también que había enseñanzas y aprendizajes mutuos y que, en definitiva, “de muchos, hacíamos uno solo”, aun cuando había desacuerdos. “En aquel que es Uno, somos uno”, sentencia la frase del santo que León XIV incluyó en su escudo, como símbolo de la unidad fraternal en Cristo.Todo en comúnLa vida comunitaria incluye para los agustinos la consigna de no tener nada propio, sino todo en común, según destaca en diálogo con LA NACION monseñor Alberto Bochatey (OSA), obispo auxiliar de La Plata. Sobre los tiempos en que se formaba para ser sacerdote agustino, cuenta que un día un profesor les pidió en el aula a él y a sus compañeros que se sacaran el reloj pulsera y se lo pasaran a quien estaba a la derecha; los relojes giraron y, finalmente, cada uno se quedó con un reloj distinto al que había llevado. Fue “una experiencia de desprendimiento”, para aprender la regla que indica que “nada es tuyo”, para que todo sea utilizado por quienes son comunidad según la necesidad de cada uno. Es un criterio que invita a la reflexión sobre el vínculo con lo material, sobre todo “en tiempos de consumismo”, señala el obispo argentino, que compartió un tiempo de vida en comunidad con León XIV –con quien mantiene una relación muy afectiva– cuando ambos estudiaban en Roma. Como prior general de los agustinos, el padre Rober Prevost estuvo en 2013 en la Argentina, en la consagración episcopal de Bochatey.El valor dado a los vínculos humanos es un rasgo de la identidad agustiniana que el obispo rescata con especial énfasis: “Los dramas de la soledad actual, el carisma de San Agustín los soluciona”, afirma.A contracorriente“En una época acelerada y marcada por el individualismo, la espiritualidad agustiniana ofrece una propuesta a contracorriente: detenerse, descender al propio interior para encontrarse con Dios y proyectarse fraternalmente hacia los demás”, define el padre Juan Antonio Gil Solórzano, responsable de la OSA en la Argentina. Lleva “viviendo como agustino” 48 años, de los cuales 16 fueron en nuestro país, primero en la Prelatura de Cafayate y ahora en Buenos Aires. La iglesia de San Agustín en la ciudad de Buenos AiresSilvia StangNacido en España, dice que no concibe su vida sin ser agustino y que eso significa vivir en comunidad y poner todo el ser al servicio de los demás. “Para nosotros, la comunidad no es un simple formato de convivencia; es la meta misma. Como recordaba San Alonso de Orozco [santo agustino], la unidad fraterna debe cuidarse sin descanso. Aunque siempre sea un ideal en construcción, intentamos tender a él cada día: compartir penas, celebrar gozos, comer y reír juntos, como una familia con personas de distintas procedencias y edades”.A sus 29 años, el fraile agustino y diácono Kenedy Blasius Ntengo reflexiona que “vivir en fraternidad, apoyarnos mutuamente en los momentos de incertidumbre y buscar la luz comunitaria” lo impulsa a avanzar en su búsqueda, a la vez sostenida por “el testimonio de mis hermanos mayores y el valor del rezo compartido”. Kenedy, que nació en Tanzania y hoy vive en Buenos Aires, afirma: “Cualquier joven puede encontrar en la oración, la interioridad y la fraternidad una guía real para reconocer a Dios dentro de sí mismo” y transformar ese encuentro “en un servicio fecundo para los demás”. “San Agustín amó el diálogo con sus amigos en la búsqueda y también cuando encontró la Verdad”, expresó fray Luis González Gallardo, vicario en la Argentina de la Orden de Agustinos Recoletos (OAR), en una misa celebrada días atrás en la Catedral de Buenos Aires. Agregó que “la gran búsqueda del corazón humano es la búsqueda de la Verdad”, que habita ahí mismo, en el corazón. “Encuentro la Verdad en el diálogo con el hermano, en quien también habita”. El mar en un hoyoCon cuatro décadas vividas en la Prelatura de Cafayate, en el norte argentino, el padre Pablo Hernando Moreno (OSA) dice que ha experimentado “profundamente la vida comunitaria” al modo agustiniano, que implica buscar siempre tener “una sola alma y un solo corazón orientados hacia Dios”. Sobre la interioridad y esa búsqueda que el obispo de Hipona concebía interminable (“Nuestro corazón estará inquieto hasta descansar en Ti, Señor”, sentencia), hay una leyenda que Hernando Moreno recuerda en un libro dedicado al templo de San Agustín en Buenos Aires, al comentar el vitral donde se ve al santo con un niño a orillas de un mar. Un vitral representa la leyenda de San Agustín y el niño a orillas del marAsí lo cuenta: “En un antiguo Catecismo de mi infancia me encontré con este relato. Se cuenta de San Agustín, uno de los hombres más sabios que ha habido en el mundo, que en una ocasión paseaba cerca del mar pensando en el misterio de la Santísima Trinidad. De repente vio a un niño que transportaba con un caparazón el agua del mar a un hoyo en la arena. San Agustín le preguntó: ‘¿Qué haces?’ El niño respondió: ‘Quiero ver lo que hay en el fondo del mar, y para eso voy a pasar toda el agua a este hoyuelo’. Se sonrió el sabio y dijo: ‘¿No ves que en ese hoyo tan pequeño no puede caber toda el agua del mar?’ Y el niño respondió: ‘¿Y cómo quieres que quepa en lo estrecho de tu mente la inmensidad de Dios?’ E inmediatamente el niño desapareció”. La infinitud de la búsqueda para un ser humano inquieto es, en todo caso, un impulso para compartirla: “La Verdad no es tuya ni mía, para que sea tuya y mía”, enseña San Agustín. ¿Y qué es esa Verdad? ¿Quién es Dios para San Agustín? Lo describe en sus Confesiones, al compartir en qué está puesto su amor: “Amo una cierta luz, una cierta voz, un cierto perfume, un cierto alimento y un cierto abrazo, que son la luz, la voz, el perfume, el alimento y el abrazo de mi hombre interior, ahí donde brilla una luz que el espacio no puede contener; donde hay un sonido que el tiempo no se puede llevar; donde hay un perfume que el viento no desparrama; donde se saborea algo que no se termina, y donde hay una unión que no se rompe. Eso amo cuando amo a mi Dios”.Por Silvia Stang

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