Catrin Misselhorn en 'Pausar la IA': “La IA amenaza con destruir el arte como práctica social”

Catrin Misselhorn en 'Pausar la IA': “La IA amenaza con destruir el arte como práctica social”

Cuando el crítico francés Roland Barthes instaló la idea de la muerte del autor, propuso un modo de pensar el arte en el que la persona que producía la obra no era la referencia que le atribuía sentido. La opinión del autor sobre su obra podía ser considerada, discutida o directamente desechada porque lo que importaba era la construcción de un autor hipotético que surgía desde la recepción y la teoría crítica.“En ese momento (1967) Barthes podía cuestionar la autoría en términos teóricos porque atribuir una obra de arte a un autor humano seguía vigente. Esto es algo que la IA está cuestionando”, señala la filósofa alemana Catrin Misselhorn.En su libro La inteligencia artificial y el fin del arte (Editorial Herder), las nuevas condiciones de reproducción y generación de obras de arte que hace posible la IA instalan un regreso a cierta literalidad.No solo porque volvemos a la figura del autor desde una perspectiva humanista, al entender que es fundamental que una obra de arte sea realizada por un humano. La pregunta sobre el fin del arte o la entidad misma de su práctica trae la necesidad de diferenciar el arte del no arte, una discusión que siempre fue fácilmente refutable en el terreno estético.Catrin Misselhorn, que es profesora de filosofía de la Universidad de Gotinga, en Alemania, llegó a Buenos Aires para participar de las jornadas Pausar la IA, organizadas por el Goethe-Institut, la Fundación Medifé y la Fundación Andreani y que cuenta con el apoyo de Clarín y Revista Ñ, donde el viernes estuvo a cargo de la conferencia inaugural y el domingo será entrevistada por Héctor Pavón, editor general de revista Ñ.Unas horas antes de su presentación en el Museo de Bellas Artes, conversó sobre algunos temas de su libro en la biblioteca del Instituto Goethe.–Usted retoma en el libro una pregunta que surge en muchos momentos de radicalidad del arte, como frente al ready-made de Marcel Duchamp a comienzos del siglo XX o a Andy Warhol en los años 60: ¿Esto es arte? Esa pregunta, tomada hoy en relación con el arte generado por IA, adquiere otro sentido porque ya no es una pregunta del orden de lo estético, sino del orden de la praxis y del humanismo.–Voy a hablar primero del contexto editorial en el que surge este libro: se trata de una serie de tres libros, independientes entre sí, pero que a la vez forman un conjunto. El primero es Preguntas fundamentales de la ética de las máquinas, el segundo, La inteligencia artificial y la empatía, y el tercero es este, La inteligencia artificial y el fin del arte. Lo que vincula a estos tres libros es que no se trata de pensar la filosofía de la IA, sino de tomar a la IA como una especie de lupa para poner en foco preguntas filosóficas más generales. En este caso, la pregunta que se está planteando es si la IA puede generar arte, si puede tener el estatus de un artista o si hay un actor esencialmente humano en la producción artística, es decir, si el ser humano es indispensable. Lo que argumento en este libro es que las obras de arte requieren una autoría humana, requieren un sujeto que piensa y que siente y esto es algo que la IA no puede hacer, por lo tanto, lo único que puede producir es fake art. Dentro del imaginario humanista, la autoría es central y, al referirnos al arte, este imaginario humanista entiende que el autor produce el arte e influye en su entorno. En este sentido, la autoría es algo que la IA estaría amenazando.CUL / Catrin Misselhorn–Puede pasar que, frente al arte generado por IA, sea el espectador o el crítico quien le asigne el atributo humano. En este sentido, se plantea un desafío ético para la crítica, que podría producir un campo teórico para validar esta producción.–Tu pregunta plantea un tema más general, que es de qué manera se puede reconocer o identificar si la IA está en condiciones de crear arte. Una de las maneras de poner esto a prueba es lo que se llama el test de Turing, que plantea un juego de imitación para identificar cuál sería la condición suficiente para poder decir que una computadora puede pensar. Esto fue extrapolado al campo del arte. Se toma un artefacto generado por IA y, si las personas lo toman por un producto humano o reaccionan a ese artefacto como si fuera una obra hecha por un humano, entonces estaría aprobado el test de Turing. Este test fue probado por Michael Noll en 1964 con el cuadro de Piet Mondrian Composición con líneas. Se presentó este cuadro junto a una versión realizada por un programa de computadora a cien personas. La mayoría no estuvo en condiciones de discernir si era una obra de Mondrian o de la computadora y directamente atribuyó a Mondrian imágenes hechas por computadora. También pasó que a la mayoría le gustó más la obra producida por la computadora que la original. Esto es sorprendente porque en ese momento las computadoras no tenían las habilidades que tiene la IA hoy. Esto demuestra que hay algo que está mal con respecto al test de Turing. Creo que el problema tiene que ver con nuestra tendencia a antropomorfizar cualquier objeto: vemos una obra de arte y reaccionamos como si estuviera hecha por humanos.–Justamente, esa tendencia a humanizar los objetos creados por la máquina instala un problema ético, más allá de que sea intencional o no.–Hay otro motivo por el que el test de Turing no es adecuado: la apariencia exterior de las obras de arte no permite distinguir un objeto que es arte de uno que no lo es. Esto se puede ver en el famoso Mingitorio de Duchamp (1917) o en La caja de brillo (1964) de Andy Warhol, donde reconstruyó con cartones y con esponjas para la vajilla las cajas de la marca Brillo, apiladas como si estuvieran en un depósito. En los dos casos, la obra de arte es indiscernible del objeto real. La idea misma del test de Turing estético muestra que quien lo pensó no tiene una idea clara de lo que es el arte porque no hay modo de que funcione.–Es un procedimiento inverso al que realizaron Duchamp y Warhol: si ellos tomaron un objeto de uso y, al llevarlo a un museo, lo convirtieron en arte, aquí el arte se convierte en un objeto de uso. El arte llega a un nivel de industrialización y producción que supera lo planteado por Walter Benjamin en La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica (1936) o en los textos de Adorno y Horkheimer.–Sí, se puede ver que esta temática de la industrialización del arte existe hace ya mucho tiempo, pero lo que sucede con la IA es que se da a gran escala. Antes también existía fake art: lo conocíamos como falsificación, pero se trataba de casos aislados porque exigían cierta experticia, mucho trabajo y esfuerzo. Había que tener muchos conocimientos, había que lograr entrar a los museos, convencer a los expertos; los obstáculos que había que superar eran muchos. No es lo que pasa ahora con la IA, que puede generar masivamente fake art. En ese sentido, creo que hay un vuelco cualitativo que tiene que ver con los temas éticos, pero no solo éticos, porque, si pensamos el arte como una práctica social y uno no puede determinar si se están cumpliendo las condiciones que implican una relación, entonces la práctica empieza a erosionarse por dentro o a perder sentido.–Justamente, al no ser un tema de apariencia, el tema moral desplaza lo estético, pero, cuando lo moral se instala en lo estético, limita su producción. Se establece un retroceso para la formulación misma del arte porque se pone en cuestionamiento o bajo sospecha su práctica.–Lo moral no afecta de manera directa a la obra de arte. Lo que la IA amenaza con destruir es el arte como práctica social porque el arte es una práctica que los seres humanos valoramos y sabemos hacer bien, y es un problema que esta automatización ingrese en un ámbito donde esto no tiene sentido: es completamente absurdo y lo que termina haciendo es destruyendo una actividad valiosa para los seres humanos.Catrin Misselhorn básicoEs profesora de Filosofía en la Universidad Georg-August de Gotinga.Sus áreas de investigación son la gnoseología, la epistemología, la filosofía de la técnica y la antropología cultural.Especialmente reconocidos son sus trabajos sobre los retos éticos, psicológicos y estéticos que plantea el desarrollo de la robótica y la inteligencia artificial, temas sobre los que ha publicado diversas monografías y numerosos artículos científicos.Algunos de sus ensayos divulgativos han alcanzado popularidad.“La inteligencia artificial y el fin del arte”, la filósofa Catrin Misselhorn en conversación con Héctor Pavón el domingo a las 17:50 en el ciclo Pausar la IA en la Asociación Amigos del Bellas Artes (Av. Pres. Figueroa Alcorta 2270).

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